Última fase de la transición egipcia

Las urnas presidenciales egipcias continuarán hoy abiertas tras las votaciones de ayer para elegir el presidente de la república. Si alguno de los candidatos obtiene el 50 por ciento de los sufragios sería proclamado vencedor y ante la probable eventualidad de que eso no ocurra se iría a una segunda vuelta. En todo caso este proceso electoral está llamado a ser la última fase en la dinámica egipcia de transición a la democracia, dentro del cambio árabe comenzado en Túnez, con el derrocamiento de la autocracia del presidente Ben Alí. Cambio ahora trágicamente interrumpido por Siria en términos de una guerra civil que ni el mundo en general ni la comunidad árabe en particular han sido capaces de evitar.

Es lo más relevante de estas elecciones presidenciales, sometidas a un censo de 50 millones de votantes, el hecho de que ellas condicionarán el futuro político del Islam dentro de la comunidad agarena, dado el peso histórico de Egipto dentro de ella. Una relevancia que se ha puesto especialmente de manifiesto en las turbulencias y cambios de escenario político y social habidos allí, como efecto de la presión de las masas contra el sistema autocrático del régimen de Hosni Mubarak, desde las concentraciones en la cairota plaza de Tahrir hasta la afloración del poder político real de los islamistas.

El fondo político de las opciones que ahora se barajan en las elecciones presidenciales da sentido a la propia decantación de las dos tendencias en liza: una laica, que aglutina la visión civil de la política, y otra islamista, que se orienta con una diversidad cierta de gradaciones, por la visión del quehacer político como una resultante de los principios coránicos, en unos casos como simples referentes y en otros como código estricto, como Constitución, a los que debe plegarse el quehacer de los gobernantes. Desde otra perspectiva formal cabe hablar, por lo que representan los respectivos candidatos, de una propuesta nacionalista que prima la idea d Estado y de otra islamista cuyo paradigma es el Califato.

Pero más allá de estos distingos, de tales diferenciaciones entre los candidatos que representan de una parte la visión civil de la política (Amro Musa, ex Secretario General de la Liga Árabe y ex ministro de Asuntos Exteriores en el régimen de Mubarak, y Ahmed Shafiq, que fue el último Primer ministro de un Gobierno de Mubarak) y, de otra parte, los adscritos a la perspectiva arcaica de lo musulmán como pauta (Abel Abdulfutú, que fue relevante Hermano Musulmán, y Mohamel Nuorsi, representante de éstos), lo que se advierte es la radical contraposición de dos mundos con sus respectivas sensibilidades.

De lo cual resulta que la propia transición egipcia puede desembocar en un regreso al pasado histórico o en un acceso a la consolidación de un sentido civil y nacional de la política, representado desde Nasser a Mubarak aunque mejorado en principio con la inclusión, que no es poca cosa, de las libertades políticas.

Pero tan importante como la dilucidación a una o dos vueltas del nombre del presidente, será el texto constitucional que resulte de la Asamblea Constituyente. La hipótesis de una colisión o desacuerdo entre uno y otro polo de poder formal daría entrada, de producirse, a una intervención arbitral de la Junta Militar, que oficia como árbitro de la propia transición egipcia. Un proceso que, no es ocioso insistir, tanto puede ser hacia atrás que hacia delante.