Cumbre Atlántica, Consejo Europeo

Por un momento, la crisis económica europea ha tenido una globalizada perspectiva atlántica con las referencias a ella del presidente Obama, cuando éste se ha referido, en sus manifestaciones ante los medios, a la necesidad de una política monetaria que promueva el que naciones como España e Italia, incursas en la aplicación de políticas duras para cubrir objetivos necesarios, ofrezcan a sus ciudadanos una perspectiva de mejora económica, aunque ello tome algún tiempo…

Ha sido tal declaración tanto como una entrada por derecho en el propio escenario de este miércoles, en Bruselas, de la celebración del Consejo Europeo, con su previsto debate de fondo sobre el ajuste estratégico ante la crisis. Pero junto al ajuste de las orientaciones básicas, también el de los instrumentos centrales necesarios para la implementación de tales orientaciones estratégicas, teniendo en cuenta sus consecuencias políticas.

En este sentido, a nadie escapa la necesidad de que el Banco Central Europeo (BCE) retome el ritmo de intervención en el mercado de la deuda que había sostenido hasta un determinado momento, manteniendo la prima de riesgo en niveles soportables para economías como las de España e Italia, comprometidas en una severa disciplina fiscal de lucha contra los desequilibrios presupuestarios acumulados en ciclos políticos precedentes.

La interrupción de esa política por parte del BCE, como no podía ser de otro modo, se ha traducido en un brutal encarecimiento de la financiación de la deuda pública en ambas naciones, bien que con diferenciaciones causadas menos por factores estrictamente económicos que por la incidencia de especulaciones de distinta y variada naturaleza.

En este orden de causas, no cabe menos que recordar la advertida animadversión hacia el Euro por parte de medios periodísticos del ámbito anglosajón; resuelta, desde el fondo de incertidumbre generado por el problema de Grecia, contra la fiabilidad de las economías española e italiana. O sea, un factor, el de la beligerancia mediática anglosajona -flanqueado a su vez por el de las agencias de tasación de riesgos-, que forma parte de ese mismo mundo atlántico desde cuyo vértice se ha pronunciado tan en opuesto sentido el presidente Obama.

En un contexto de estas características se ha venido a poner de relieve que parte muy relevante se localiza en la propia función del BCE y resulta de su misma concepción fundacional, restringida a la de instrumento capital contra la inflación y sus perversiones. Algo que no se compadece poco ni mucho con la naturaleza de los problemas en curso, de naturaleza recesiva, por los que atraviesan España e Italia.

De ahí que a la función estabilizadora del BCE, tan entroncada en la memoria histórica de Alemania sobre la inflación, se la debiera añadir, en una suerte de refundación del mismo, el menester de una función crediticia suficiente para responder, como instrumento regulador, a las necesidades perentorias que ahora se presentan.

Por eso mismo, la actual pasividad del BCE se resuelve en resultados de naturaleza inversa, que encarecen la capacidad de pagar la deuda contraída por las naciones que ahora se financian con ella por causa de la propia crisis. De ahí que quepa decir ante este Consejo Europeo de hoy que la llave para resolver la dicotomía entre estabilidad y crecimiento está depositada en la presidencia del BCE.