Cumbres, diplomacia y oportunidad

Si rectificar, dicen, es de sabios, Mario Monti ha demostrado serlo nuevamente ahora, tras de invitar a al presidente Rajoy para que acuda también a la próxima reunión de Roma, junto al presidente francés y la canciller alemana. Y digo “nuevamente” después de haber sido considerado como tal en su día, al designársele para dirigir Italia ante el barullo inmenso que entonces cursaba allí por la inadecuación de las mayorías disponibles para formar Gobierno tras la salida de las últimas elecciones.

La invitación, cursada en Chicago, no pudo hacerse personalmente en Camp David, durante la Cumbre del G20, por la elemental circunstancia de que España no pertenece a este club. Pero es cierto también que el anuncio de la Cumbre de Roma lo podría Monti haber pactado telefónicamente con Rajoy, para que todo hubiera sido, como los notarios dicen, en “unidad de acto” y no en dos tiempos. Ello ha dejado en el aire un desairado tufo a remiendo: atemperado, eso sí, desde la sabida consideración de que los sabios son distraídos…

Pero más allá del incidente, conviene pararse a pensar en lo relevante que es el tener una presencia internacional estable y conforme al rango que corresponde a las viejas naciones fundadoras de Europa. Algo de lo que ciertamente hemos carecido a resultas también de la desgraciada gestión de los Gobiernos de Rodríguez Zapatero, por su rígida congruencia con el desacierto practicado en todos los demás capítulos de su gestión. De lo que sólo escapa la general prohibición de fumar en los lugares públicos. La ocurrencia metodológica es camino reservado para opciones privadas, siempre a expensas de quien se lo pueda pagar de su bolsillo.

Volviendo a la reunión de Roma, que puede ser el principio de un directorio nuevo dentro de la UE, por el cambio político en la presidencia francesa y la consecuente derivada de la pérdida de sintonía ante la crisis entre París y Berlín, merece considerar el alcance sistémico que puede tener la incorporación española al mismo. Resulta obvio que la aparente proximidad con François Hollande de Mario Monti, por la apuesta de éste hacia fórmulas de crecimiento anejas a la estabilización y su consecuente disciplina, habría dejado “aislada” a Merkel de no tener ésta a su lado los planteamientos del presidente del Consejo español. Ello no deja de sugerir la posibilidad de que el cambio del planteamiento inicial de la Cumbre romana pueda haberse hecho desde una observación o sugerencia alemana.

En caso de que todo hubiera sido así se vuelve improbable la aceptación por Rajoy de la oferta de Alfredo Pérez Rubalcaba de torear a la limón en la próxima reunión del Consejo Europeo. Tanto más cuanto que las observaciones sobre la banca española por parte de Hollande – con quien almorzará mañana Rajoy en el Elíseo, para viajar luego ambos al Consejo Europeo en Bruselas -, han aflorado en buena parte la distinta estimación de la realidad de nuestra crisis. Lo cual, sumado a la sintonía expresa de Madrid con Berlín, y a la no menos expresa de Ferraz con los sindicatos, que siguen con sus movilizaciones y activismos contra el Gobierno, reducen en la práctica la oferta de Rubalcaba a un enunciado de política ficción.

En términos de crisis y por causa del propio Euro se ha abierto una dinámica cada vez más patente, en cuya virtud capítulo tan primordial de nuestra política exterior viene a interiorizarse, al tiempo que nuestra política nacional se extrovierte y proyecta sobre escenarios internacionales, para la economía y para la defensa, a los que antes del régimen democrático les éramos poco menos que ajenos. La cartografía política de las “cumbres” internacionales y de los pactos, por los compromisos que de ellas se derivan, nos es cada vez más propia y pegada a nuestros intereses. Habrían de aforarse, por ejemplo, los costes sobrevenidos en todos los órdenes por la retirada de Iraq. Y no sólo desde el lado norteamericano.