¿Cisma, o salvación de Europa?

La campaña electoral de Francia ha tenido la virtud, más allá de lo que en sus urnas resulte, de consolidar el debate desde la transversalidad en cuanto al tratamiento aplicado hasta ahora sobre la crisis económica de Europa. Y digo “transversalidad” en referencia a lo manifestado este fin de semana por Francois Hollande, en el sentido de que ya no es sólo en el espacio del centroizquierda dónde se piden treguas en el rigor y la disciplina presupuestarios, sino que, por causa de sus propias demandas en este sentido, también se plantea en el centroderecha, como anticipo de lo que ocurrirá tras de su probable victoria electoral el día 6. Un desenlace en las urnas que apuntan los sondeos demoscópicos, tal como hicieron en la primera vuelta.

Aunque la novedad en el insistido debate entre crecimiento y estabilidad, planteado esencialmente términos dicotómicos hasta ahora, ha sido el anuncio de la canciller alemana de que está en preparación una Agenda para el crecimiento en la Unión Europea que habrá de estar lista cuando la Cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de la Unión el próximo mes de junio. Pero tal novedad no es tanta como la que pueda parecer por el sólo enunciado de tal agenda, ya que ha sido la propia Merkel quien ha precisado de seguido la observación de que el crecimiento en que piensa no es un crecimiento basado en los créditos sino en el resultado de las reformas estructurales …

Como no podía ser de otra manera, ni el candidato socialista francés, Hollande, ni la canciller alemana, Merkel, están diciendo lo mismo cuando hablan de crecimiento. Tampoco lo hacen cuando consideran el concepto de estabilidad ni en lo que se refiere a la fiscalidad, toda vez que la canciller se ha manifestado contra cualquier modificación del pacto fiscal europeo, mientras que Hollande habla de renegociarlo, dado que su programa es el de cambiar las condiciones actualmente establecidas en Francia y en Europa; especialmente con el lanzamiento de los eurobonos para planes industriales e infraestructuras, y con el aprovechamiento de fondos estructurales de la UE que no han sido utilizados hasta ahora.

El candidato Hollande, como está claro, habla desde promesas y propuestas que se corresponden sólo con una expectativa de gobernar; o sea, mostrando su propia agenda y apuestas, al afirmar que su primer viaje al exterior, como presidente de Francia, sería a Berlín. Y de otro punto, en la estela del presidente Sarkozy, reitera “pro domo sua” las alusiones contra el crédito para España, “helenizándonos” y diciendo que estamos “al borde del precipicio”.

Frente al discurso de Berlín sobre el dogma de la estabilidad y la salvación (nunca eterna) de la crisis por el crecimiento, centrada primordialmente en el equilibrio fiscal, las propuestas o tesis del candidato socialista francés – hechas desde la esperanza fundada  de su victoria en la segunda y definitiva vuelta –, se esgrimen como las proposiciones hechas, ante y frente a Roma, por el fraile agustino Martín Lutero. Antes de la próxima Cumbre de la Unión Europea, que será tanto como un Sínodo ya se habrá visto si puede continuar o no la unidad de doctrina que Alemania sostiene, apoyada hasta ahora por la Francia de Sarkozy.

Pero de momento lo que sí se sabe ya es que tanto el crecimiento como la estabilidad no pasan de ser un nominalismo, un “flatus voci”, pues cada uno lo entiende de una distinta manera, y que, en todo caso Angela Merkel, porfiará  en que prevalezca la suya. El día de la Cumbre sabremos si hay o no hay cisma en Europa, desde la hipótesis de una victoria socialista en Francia, si, como teme el socialdemócrata alemán Martin Schultz,  presidente del Parlamento Europeo, la UE se parte en dos mitades: con la Europa de los merkelianos al norte del Rin, y los transversales hollandinos al sur de esa crítica cuenca fluvial sin cuyo juego es casi imposible entender tanto de la Historia de Europa.

Por todo ello se impone la interrogante de si Europa se precipita en el cisma, o si alcanza la salvación por la vía del crecimiento.