Las urnas francesas filtran el futuro europeo

El batacazo en las Bolsas europeas de ayer, más que reflejar el disgusto de los mercados por los resultados de las urnas en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas – tanto por la ventaja tomada por Hollande frente a Sarkozy como por el peso apuntado por las otras izquierdas – lo que hace es subrayar la incertidumbre de futuro que este suceso electoral añade a una Europa deficitaria y hambrienta de certidumbres en el horizonte político, antes aun que en el inestable plano de la economía y las finanzas.

Que desde el Frente Nacional lepeniano, el más notorio sujeto de sorpresa en los resultados, al alcanzar el 17,9 por ciento de los sufragios, se haya dado a sus votantes libertad de elección en la segunda vuelta – levantando con ello el portón de sufragios propios en presumible favor del actual huésped del Elíseo, para dentro de dos semanas -, lo que hace con ello no es cosa inédita sino práctica coherente con una cierta idea de unidad de todas las derechas, incluida la que representa el centrismo, frente a los discursos unitarios de las izquierdas todas, incluido el centrismo levógiro, a uno y otro lado de los Pirineos.

La victoria del candidato socialista, dicho está por todos desde lo obvio que resulta, traería de suyo la quiebra del eje franco-alemán y el consiguiente “aislamiento” de la política de extremo rigor en la estrategia presupuestaria. Ello se habría de traducir a su vez en una suavización de los rigores, dando entrada a un cierto respiro a favor del crecimiento. Eso sería así por mucho que pese a los actuales dirigentes de Berlín el reflejo del ayer, la memoria histórica de aquella inflación catastrófica en la República de Weimar, por la extrema dureza del Tratado de Versalles con la Alemania derrotada en la Primera Guerra Mundial. Dureza que trajo tanta inflación como barbarie con la subsiguiente arribada del Nazismo.

Pero si el recuerdo nacional de una inflación así es dato que explica en parte la dureza de Merkel, no basta sin embargo para justificar que ello propicie fuera de Alemania, en el rechazo de ese rigor extremo contra el déficit se vengan a producir, de rebote, desde izquierdas como las españolas, otros extremismos contra el sistema democrático. Me refiero a ese aparente regreso del derrotado PSOE en las urnas del 20 de noviembre a patrones de conducta “largocaballeristas”, al acompañarse en su política de oposición a las reformas del Gobierno del Partido Popular, más allá del Parlamento con movilizaciones en la calle con los flancos necesariamente abiertos a la participación integrada de los antisistema.

Lo considerado ayer por Elena Valenciano, la segunda figura del PSOE, en la víspera por tanto de la anunciada intervención que hoy tendrá en el Parlamento Alfredo Pérez Rubalcaba en el Parlamento, sobre las “movilizaciones en la calle” tiene algo más que sólo un regusto histórico por traer a la memoria española la estampa aquella de las elecciones de l933, cuando Francisco Largo Caballero, el llamado “Lenin español”, se dirigía en un mitin a los suyos relativizando la importancia de lo que se decidiera en las urnas, puesto que disponían de la calle como definitivo recurso para preservar y conservar el poder.

Lo que alcance la izquierda francesa en la segunda vuelta electoral, además de filtrar el futuro de Europa, está teniendo ya su eco no en la eternidad sino, un poco más modestamente, a este otro lado de los Pirineos. Todo ello avivado de forma exponencial por la crisis económica y social.

Mal momento para los experimentos de cosas nuevas y la resurrección de errores viejos.