Arranca la “oposición constructiva”

Esa izquierda del escaño y del piquete que blasonó tantos años de su vocación europeísta, y ese absolutamente revolcado Rubalcaba en las últimas elecciones generales a Cortes (periódicamente reconstituyentes – cada cuatro años – de la soberanía nacional), que se había comprometido al ejercicio de una oposición constructiva), lograban ayer la proeza de que la propia Europa que exige a España el cumplimiento estricto de los compromisos en la disciplina presupuestaria, nos contemplara bajo colores griegos y llevara la pelota de la descalificación de nuestra imagen nacional a ese titular de “Le Monde” de que “Huelgas, recesión y déficit convierten a España en gran preocupación de Europa”. Y ello, con el síntoma añadido del régimen de disparo en que se encuentra la prima de riesgo. En la cota de los 370 puntos.

Es lo de menos la cuestión de si los piquetes han operado más o menos su ilegítima violencia contra el derecho al trabajo, y si el desafío huelguístico ha logrado unos u otros niveles de aceptación y participación entre la tan menguada población activa. Es lo de más aquello que la huelga general carga en el otro plato de la balanza en que se pesa la capacidad y la solvencia nacional, para hacer frente a los compromisos asumidos y sostener las expectativas internacionales que pudieron generarse, tanto por la contundencia del cambio electoral habido el pasado 20 de Noviembre como por la presteza con que el nuevo Gobierno se aplicó a tomar las medidas adecuadas con que llevar a puerto los compromisos asumidos, dentro de los pactos de soberanía inherentes y derivados de la condición supranacional de la Unión Europea. En la que estamos para las duras y para las maduras.

Lo preocupante de la situación comenzada ayer es mucho menos la violencia anticonstitucional que los piquetes puedan generar contra el derecho al trabajo de los asalariados que no acuden a la huelga, además de contra el orden público que ampara el libre ejercicio del comercio y demás actividades de contenido económico. No. Lo más preocupante y desalentador en una tesitura como esta es el desleal comportamiento de una parte de la clase política ante los intereses generales de la Nación – en este caso el de nuestra solvencia ante los mercados -, puesto que supeditan éstos a los intereses personales o de partido, tanto da. Y no se diga que consideraciones de este porte son apreciaciones subjetivas o interesadas.

La cuestión es otra. En democracia de libertades, no en democracias para la igualdad – que son las de unas concretas izquierdas -, el criterio de preferencia política es el que identifican las mayorías con sus votos. Y los de esta mayoría, además, han sido de rango y condición absolutos. Podrán los sindicatos desde su particularidad de clase política profesional, desbarrar en mayor o menor medida mientras en España no se promulgue de una vez esa Ley de Huelga – que no acaba de llegar y que es una de las piezas capitales en toda democracia industrial -; pero lo que no puede permitirse el PSOE ni su secretario general, es irse a la calle con los sindicatos en una situación de emergencia nacional como la que nos encontramos por la gravedad de la situación económica, consecuencia ésta en grandísima medida de su pésima gestión mientras estuvo en el Gobierno. No se puede estar a la vez en el escaño y en el asfalto, en la tribuna del Congreso y endosando el fragor del piqueterío.

El anunciado propósito sindical de seguir con la presión estando como están los mercados de la deuda, encarece el caudal del dinero que se debe tomar y empobrece proporcionalmente a la Nación. Y no están ciertamente las cosas, por las urgencias de la crisis, para que el Gobierno se vaya a un pulso con los sindicatos como el que la señora Tatcher les echó el suyo durante un año a las Trade Unions. Y tampoco para que el PSOE de Rubalcaba remede a Largo Caballero cuando, en noviembre de 1933, alentaba a los suyos con la reflexión de que si se perdían las elecciones que llegaban, ahí estaba la calle para tomarla. El profesor de Química puede haberse equivocado de siglo con esta su primera aportación a la Oposición Constructiva.