China da un paso sobre Corea

Es mucho que China asuma la posición norteamericana contra el lanzamiento de un misil por parte de Corea del Norte a mediados del próximo abril. Ya era bastante que Rusia disintiera de esa prueba norcoreana a varias bandas: sobre la transigencia internacional ante sus desafíos, sobre la candidez el mundo respecto de sus verdaderos propósitos con la puesta en órbita de un satélite de comunicaciones y frente a la capacidad de las potencias de Oriente y Occidente, para seguir tolerando un discurso autista de la más exacerbada tiranía de los tiempos actuales. Un desafío que comporta riesgos del todo inasumibles para la comunidad internacional.

Me permitía apuntar ayer algo que hoy es más evidente que nunca: el paralelismo (y acaso la complicidad) entre el caso norcoreano con el misil que se empeña en disparar, con el argumento de que es sólo supuesto legítimo de capacidad tecnológica para fines civiles, y el caso del programa nuclear iraní, destinado según el régimen de Teherán a la explotación civil de la energía atómica. Esto como lo otro mantiene alerta y alarmadas a las cancillerías del mundo. Aunque en el caso persa la cuestión no es otra que la certeza de que hay una carrera hacia la Bomba A, y en el norcoreano el asunto no sea más que el de una disfrazada prueba balística, lo cierto es que una y otra cosa están funcionalmente unidas, puesto que sin vector que pueda transportar hacia un blanco el ingenio atómico, éste no vale para otra cosa que no sea para el suicidio colectivo de quienes la han fabricado.

Precisamente sobre ese orden de riesgos discurre a estas horas en Seúl, la capital surcoreana, la conferencia mundial sobre el desarme nuclear. Ello es tanto como el más sólido formato internacional que quepa concebir contra la insistencia norcoreana en practicar por la puerta de atrás una prueba balística prohibida. Si no fuera tan obvio el componente de desafío esgrimido por Pyongyang al entero mundo, ni Rusia por una parte ni China por la otra, los únicos interlocutores y apoyos estables de que dispone Corea del Norte, no habrían hecho saber a ésta su disconformidad con la treta del satélite de comunicaciones. Y es el nivel de disconformidad a que ha llegado China con ello la novedad más importante en todo el largo proceso de regateo que sostiene Corea del Norte para que su hipotética renuncia al arsenal atómico le sea compensada al más alto precio posible.

Pero a lo que íbamos. El paso dado ahora por China sobre Corea del Norte, para que desista del lanzamiento del satélite de comunicaciones y regrese al pacto de febrero con Estados Unidos sobre armamento nuclear y pruebas de misiles, marca un punto crítico en la evolución histórica de las relaciones chino-norcoreanas. Esa condición general del entendimiento sistémico entre Pekín y Pyongyang ha flexionado, tanto por la presión ejercida por el presidente Obama sobre Hu Jintao, el más importante dirigente chino, como por el propio hecho de que los chinos se ven constreñidos a traducir en su política exterior y de defensa las condiciones alcanzadas en su rango económico internacional.

En la orilla opuesta del problema, la norcoreana, lo que parece definirse en lo específico de esta crisis del lanzamiento del satélite es otra crisis dentro del régimen. Algo que deriva de su interna transición hacia otra cosa que la habida hasta ahora. No se sabe de una parte hasta dónde llega la capacidad y el poder efectivo del nieto del fundador del régimen, y de otra, cuánto queda del poder de la oligarquía burocrática que sirvió a su padre y a su abuelo.