Como un misil contra Obama

La redentorista apuesta de Barack Obama, centrada en el logro de un mundo sin armas nucleares – intención merecedora de todas las alabanzas – pudiera ser una de las paladas decisorias del entierro, de la derrota, de sus aspiraciones a la reelección en las urnas de noviembre. Esa peculiarísima y añadida indeterminación que se desprende del compás sucesorio en Corea del Norte, tras la muerte del segundo tirano de aquella dinastía comunista – en la que no se sabe a ciencia cierta quién gobierna en esa cárcel que limita al sur por el Paralelo 38, si el adolescente entronizado Kim Yong- un, o la fosilizada oligarquía que regenta realmente el sistema- es algo que aun descontado no basta para explicar la extraña pirueta en cuya virtud el régimen de Pyongyang, después de acordar con Estados Unidos un compromiso de suspensión indefinida de pruebas nucleares y de lanzamientos de misiles de medio y largo alcance, haya recién anunciado el propósito de poner en órbita, el 15 de abril, un satélite de comunicaciones, para conmemorar de tal manera el centenario del nacimiento, de Kim Il- sung, fundador de ese prometido anticipo comunista del paraíso terrenal.

Tendría como contraprestación ese compromiso la entrega por Estados Unidos una cesta alimentaria de 240.000 toneladas de alimentos. Y aunque se ignora en qué términos habrían informado de tal acontecimiento a la muy depauperada población, es lo más cierto que ahora se estará viviendo allí el drama del desencanto si se ha dado curso informativo a la advertencia estadounidense de que tales ayudas no llegarán si el régimen de Pyongyang no desiste de tal lanzamiento conmemorativo, puesto que existe la convicción no sólo occidental sino también de China y de Rusia – los padrinos históricos y valedores políticos de ese áspero y desolado falansterio comunista norcoreano – de que aquello que realmente se pretende lanzar al espacio es un misil intercontinental con todas las de la ley.

Este asunto es, en esencia, idéntica cuestión que el programa nuclear de Irán, puesto que el régimen iraní insiste en afirmar que no es para otra cosa que para obtener en condiciones autónomas un sistema de centrales térmicas de fisión aplicadas a la generación de energía eléctrica. Pues eso. En ningún caso, contra aquello de que se le acusa, se trataría de acceder a la fabricación de la Bomba Atómica. Los norcoreanos sostienen a su vez que el programa para poner en órbita un satélite de comunicaciones, es lo que da razón de ser al lanzamiento de tal misil, que sería por tanto sólo un inocente vehículo que lleve su satélite de comunicaciones al espacio. La misma navaja que sirve para cortar el pan es la que emplean héroe y villano en “De aquí a la eternidad”. Y los ensayos con tales navajas le están vedados internacionalmente a Corea del Norte y a la República Islámica de Irán.

Tras de la advertencia del presidente norteamericano – que como todos sus predecesores en la Casa Blanca, desde 1953, se acercó ayer con prismáticos colgados al cuello al balcón del Parelelo 38 que divide las dos Coreas -, ha sido el presidente surcoreano, Lee Myung Bak, quien ha dicho que será muy difícil que la ayuda alimentaria llegue a dónde se había convenido si no se prescinde del lanzamiento. Y la cosa tiene un significado formal más que suficiente, puesto que entre hoy y mañana se celebrará en Seúl una conferencia sobre seguridad nuclear con gobernantes de 50 países, en la que solapa la presión estadounidense sobre Israel para que abra un paréntesis en su determinaciónde destruir las plantas iraníes aplicadas al enriquecimiento de uranio.

La incógnita nuclear se desdobla así en el Oriente Medio con Irán, y en Extremo Oriente con el régimen norcoreano, donde no se sabe bien quien tiene la última palabra.

Pero en cualquier caso, el asunto del misil del centenario de Kim Il Sung tiene mucho de cohete contra Obama: atascado con Irán y chasqueado con Corea del Norte.