Al Qaeda se transforma

La explícita determinación de las autoridades galas de capturar vivo al franco-argelino Mohamed Merah, el autor de los asesinatos de escolares en Toulouse y de tres militares en Montauban, establece la posibilidad de que su detención se demore más tiempo de lo que cabría entender como normal. No es un cadete en las huestes de Al Qaeda, un recién llegado a las filas de Al Zawahiri, el sucesor de Ben Laden. Personaje del que no parece previsible que se quede en estrategias y decisiones inerciales, continuistas, del primer gran emir del terrorismo islámico.

El tal Merah querrá utilizar el tiempo que discurra hasta que le prendan, para “rentabilizar” su fechoría en el suroeste francés, aunque sólo sea con réditos de propaganda para los suyos: que los tiene aunque dé la sensación de que ha actuado estrictamente en solitario, al margen de todo esquema organizativo y con independencia de cualquier táctica o estrategia.

Los motivos aducidos por este individuo para hacer lo que ha hecho y para realizar lo que ya tenía preparado para ayer, con más muertes; es decir, la venganza por la muerte de niños palestinos, la presencia militar francesa en Afganistán y la prohibición del uso del Burka en Francia, no son propios de un discurso autónomo, lucubraciones espontáneas de un cegado por la ira fanática, sino que responden a un discurso articulado en términos de campaña entendida de distinta manera a como Al Qaeda lo hizo hasta que Laden fue localizado, capturado y sumariamente ejecutado por las miles de muertes causadas en EE.UU. el 11 de Septiembre de 1981.

Dentro de una obvia discontinuidad espacial, las muertes habidas en Toulouse y Montauban, pertenecen a la misma temática terrorista que la del activismo yihadista en el Magreb, las milicias fundamentalistas en Somalia, la presión terrorista en la Península Arábiga, el recrecido activismo en Iraq tras de la retirada de las tropas norteamericanas, la explotación por el radicalismo suní en la guerra civil por la que ya discurre Siria, además de por los procesos de incubación en las distintas inestabilidades cursantes en Egipto y en Libia tras el derrocamiento de Mubarak y la muerte de Gadafi.

A todo ello hay que sumar otros escenarios de la mayor importancia para el presente Al Qaeda: Pakistán, como permanente plataforma básica para sus actuaciones en Afganistán, adosadas al peso de los talibanes y como campamento de invierno, empotrada en la impunidad que le aportan los mismos Servicios de Inteligencia que dieron cobertura durante varios años a Ben Laden, su estado mayor y su familia.

Pero hay más. La ya referida Al Qaeda en el Magreb, es responsable en buena parte de la conversión del Sahel, la franja meridional del Sahara, en un vacío geopolítico infestado de bandolerismo. Un ámbito cuya inseguridad ahonda añadidamente la desaparición del régimen de Gadafi, el desorden sobrevenido en Egipto y la comprensible incapacidad argelina para erradicar el yihadismo dentro de su espacio nacional.

La pregunta que ahora habrá que hacer es la de si este brote de terrorismo es o no el prólogo del nuevo programa para Europa de la Al Qaeda que reformula sus estrategias. Y la respuesta pienso que ha de ser afirmativa. La específica violencia anti-israelí y contra el Estado judío es de costes inasumibles para el yihadismo. Lo que ahora toca posiblemente es una ampliación de campo, de objetivos: el anti-semitismo global. A la manera hitleriana. Al Qaeda no puede ir directamente contra Israel, ni sus “protegidos” palestinos tampoco. Esto último es la tragedia de Hamas desde su franja de Gaza.