Hasta Rusia y China ponen pegas

Nunca el régimen norcoreano se había encontrado con reparos de sus “padrinos” chinos y rusos en las cuestiones que debate con Estados Unidos, Japón y Corea del Sur tanto en materia nuclear como en asuntos de balística. ¡Quién lo hubiera dicho! Ahora resulta que tras del rechazo por parte de estos Gobiernos al proyecto de Pyongyang de lanzar el 15 de abril al espacio un satélite de comunicaciones, puesto que en tal fecha se cumple un siglo del nacimiento del fundador de ese régimen dictatorial, tanto en Moscú como en Pekín reconocen de alguna manera que tal celebración mediante el supuesto envío lanzamiento de un satélite, puede encubrir otra prueba sobre misiles de largo alcance. Algo que infringiría la legalidad internacional y violaría en una de sus partes el acuerdo logrado entre Pyongyang y Washington, en cuya virtud Estados Unidos entregaría 240.000 toneladas de ayuda alimentaria a cambio de que Corea del Norte suspenda tres de sus actividades de importancia crítica para la paz del mundo: el enriquecimiento de uranio, las pruebas nucleares y los referidos lanzamientos de misiles.

En ese contexto de general desaprobación del homenaje espacial al fundador del sistema, y claramente para quitar hierro al asunto, el Gobierno de Corea del Norte se ha dirigido a la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) para invitarle a que envíe a sus inspectores, cabe entender para que compruebe sobre el terreno que el enriquecimiento de uranio es uno de los tres puntos que ya está cumplido, y que en lo tocante a la realización de pruebas nucleares no se han dispuesto los preparativos para que éstas pudieran llevarse a cabo en el corto o en el medio plazo. Pero en el tercero de los puntos Pyongyang no puede aportar garantía alguna de que lo del satélite de comunicaciones no es una argucia con que repetir el anterior y fracasado intento de poner en órbita la dicha cosa satelital.

Aunque el negociador norcoreano haya anunciado que el propósito de su Gobierno es implementar “al máximo” el acuerdo del 29 de febrero con Estados Unidos, lo cierto es que ha sobrevenido una expresa situación de desconfianza sobre la seriedad norcoreana. Una circunstancia que ejemplifica con enorme énfasis el hecho de que los dos padrinos en las negociaciones multilaterales para descabalgar a Corea del Norte de su práctica y de su discurso de potencia nuclear, China y la Federación Rusa, homologan ahora su desconfianza con los demás participantes en los referidos encuentros negociadores. Es Norteamérica, por tanto, quien tiene la última palabra. O sea, responder si acepta o si rechaza la versión norcoreana de que el tal lanzamiento de un satélite de comunicaciones es solamente eso, y no una añagaza para hacer una prueba misilística del más alto rango.

Los inspectores de la AIEA ya fueron expulsados de Corea del Norte hace tres años. Pudo ser porque entonces había algo en la despensa norcoreana, cosa que al parecer no ocurre ahora, habiéndose por ello creado una situación tan crítica como para renunciar a la Bomba y sus implementos a cambio de 240.000 toneladas de Pan. Aunque la cosa no saldrá adelante si no se elimina el escollo de la celebración espacial sobrevenida. La disyuntiva no deja de ofrecer algún paralelismo con la causa de la anterior ruptura de las negociaciones para la desnuclearización norcoreana, al negarse los EE.UU a desbloquear las cuentas bancarias que Pyongyang tenía en el continente chino, quizá originadas por sus ventas de tecnología nuclear y misilística. Acaso a clientes como Irán.