Pyongyang, asteroide errático

Parece que resulta imposible toda previsibilidad, cualquier fiabilidad, en la conducta internacional del régimen norcoreano. A las pocas semanas de haber acordado con la diplomacia estadounidense una moratoria en su programa nuclear destinado a soporte de su condición de potencia atómica, Corea del Norte anuncia para el día 10 del próximo abril, centenario del nacimiento del fundador de la dictadura comunista en la parte septentrional de la península asiática, Kim Il Song, el lanzamiento con orientación sur de un satélite de comunicaciones, a hombros de un misil intercontinental Taepodong 3 sobre el Mar Amarillo.

Como el coeficiente de fiabilidad internacional norcoreano se encuentra al ras del cero absoluto – especialmente para los vecinos más próximos de su entorno capitalista y democrático, del que es obligado excluir al régimen de Pekín -, el Gobierno de Tokio anuncia que activará su sistema de alerta anti-misiles, tal como sucedió en 2009 por causa del anterior lanzamiento norcoreano de un ingenio de semejantes características. Que fue un estrepitoso fracaso.  Otro tanto que Tokio ha hecho la Administración norteamericana.

¡Qué menos si está por en medio toda la puntualísima tensión ruso-estadounidenses a propósito del escudo anti-misiles, diseñado y dispuesto desde la hipótesis de un disparo misilístico desde Oriente: Medio, para el caso que pudiera ser Irán, o Extremo, en el supuesto de que fuera Corea del Norte el remitente! Pero en el fondo de esa previsión alternativa alienta la realidad prevista (al menos por el Mossad judío) de que Pyongyang y Teherán mantienen cierta relación de proveedor/cliente, puesto que entre los técnicos iraníes liquidados en la capital persa  por vía de la bomba lapa aplicada al automóvil en marcha, figura uno que, días antes de su ingreso en el paraíso de Alá, fue localizado en el aeropuerto de Damasco, recién llegado en un vuelo procedente de la capital norcoreana.

No debe extrañar entonces la precisión de Pyongyang de que el disparo se orientaría hacia el sur y sobre el citado mar, no haya tranquilizado ni poco ni mucho a los japoneses, tanto por la desconfianza internacional constitutiva que rodea a los lanzadores de arriba del Paralelo 38, como por el hecho de que ese rumbo sur del cohete portador del satélite se inscribe en una parábola que discurre sobre la parte meridional del archipiélago nipón. Y a mayor abundamiento de la desconfianza que inspira el pirotécnico nuclear norcoreano, hay que apuntar el compartido temor de que so capa del lanzamiento de un artefacto civil para las telecomunicaciones, se encubra el lanzamiento de un nuevo proyectil intercontinental de capacidades no conocidas, cuya identidad se encubre en vagas referencias sobre un misil de tecnología propia. O sea,

toda una inquietante elusión de las características relevantes de ese ingenio balístico.

Es demasiado. El cúmulo de suspicacias que despierta el anuncio de que el nieto del fundador del régimen norcoreano se disponga a homenajear de tan balística manera a su abuelo, no podía menos que incluir, añadidamente, la observación hecha en Washington por el Departamento de Estado de que este asunto puede complicar la culminación de los acuerdos recientemente alcanzados sobre una moratoria norcoreana en sus programas atómicos y balísticos, a cambio de otro programa de suministros alimentarios para su depauperada población. Corea del Norte, ese asteroide errático procedente del desaparecido universo soviético, sí es literalmente la “famélica legión” de la copla de la izquierda radical con el puño en alto.