Damasco, Pyongyang y Teherán

La reciente eliminación en Teherán de un especialista iraní en asuntos nucleares, tras de ser detectado en el aeropuerto de Damasco durante una escala de vuelo hacia la capital persa, procedente de Pyongyang, aparece como el cabo de una posible relación entre el pulso occidental con la República Islámica de Irán por su programa nuclear – cuantificado en los mercados por una subida crítica del precio del petróleo, que añade dificultades a la crisis económica y financiera de Occidente – y la distensión entre Corea del Norte y Estados Unidos, expresada por el anuncio del régimen norcoreano de una moratoria en su programa de enriquecimiento de uranio, luego de aceptar el regreso de los inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA).

O sea, un suceso político cuyo relieve viene multiplicado por el hecho mismo de que el salto en la presión occidental contra la República Islámica, expresado con la imposición del embargo de las exportaciones petroleras iraníes a los países miembros de la OTAN, fue una decisión tomada tras de la frustrada actuación de esos mismos inspectores de la AIEA, a los que no se permitió por los iraníes verificar el estado en que se encuentran sus trabajos de enriquecimiento de uranio, cuyos niveles de progreso orientan significativamente sobre la condición civil o militar del programa atómico iraní.

Tan determinante son tales niveles y grados de progreso en este género de procesos que ha sido precisamente, en el caso norcoreano, la interrupción del trabajo de sus centrifugadoras la principal moneda de cambio para que Estados Unidos se haya comprometido a su vez al envío de más de 200.000 toneladas de suministros de alimentos, para distribuirlos entre la depauperada población norcoreana. Tal interrupción del trabajo de las centrifugadoras será verificada con el regreso de los inspectores a las instalaciones nucleares de Yongbyon. Una condición que se acompaña de otras bien significativas, de la importancia del cambio de horizonte entre Washington y Pyongyang, como el también suspendido programa de pruebas nucleares y el de lanzamiento de misiles de largo alcance.

Todo ello, como prólogo de una nueva etapa en tales relaciones, significa a su vez un movimiento de la mayor significación en el escenario atómico asiático. Si el nuevo mandamás norcoreano pasa a un entendimiento limitado con Norteamérica, ello tiene y tendrá un alejamiento de la República Islámica de Irán respecto de Corea del Norte, al que forzosamente hay que imputarle suministros capitales en el orden de la tecnología nuclear para fines militares, lo mismo que en el plano de la tecnología balística desarrollada por la dictadura de Pyongyang a partir de las dotaciones soviéticas durante las fases iniciales de ese régimen.

Si a todo ello se suma cuánto significaría para el régimen iraní la caída del sistema de los Assad en Siria – prolongado y completado por el poder de Hezbolá en Líbano -, puede explicarse tanto la ferocidad de la represión sectaria contra la ciudad de Homs y sus entornos, donde los cañoneos de estos últimos días han dado paso al asalto, con la Cuarta Brigada, la élite militar alauí de la casta gobernante, del barrio de Bab Amro. Pero más allá de cuanto pudiera significar para Irán el eventual derrocamiento de los Assad por el peso de la presión árabe y de Occidente, lo más significativo a estas horas sería por ahora el aislamiento tecnológico que supone en principio el reanudado diálogo entre Washington y Pyongyang.