Consenso hispano-italiano

En su encuentro de Roma, Mariano Rajoy y Mario Monti, dos de los doce abajo firmantes de la carta a los presidentes del Consejo Europeo y de la Comisión Europea han hecho algo más que escenificar una sintonía en la respuesta al grado de presión presupuestaria que se apremia desde Berlín y consiente París. Han hecho patente que la respectiva legitimación política para administrar el rigor que demandan las situaciones económicas de ambas naciones, es independiente del formato institucional que corresponde a uno y otro Gobierno: el italiano, estribado en el arbitraje presidencial tras del fracaso político de Silvio Berlusconi; el español, construido desde una muy convincente mayoría absoluta el 20 de Noviembre pasado.

Una y otra legitimación, aun teniendo el mismo valor democrático, se abren para la práctica política a una diferenciación palpable en ese plano de las dificultades que supone el llevar adelante un programa de actuación con otras implicaciones y arrastres que los estrictamente económicos, propios de la situación crítica por la que atraviesa el mundo europeo. Si cierto es que las calles de Italia han sido colmadas en su momento por las protestas contra los rigores del Presupuesto, no lo es menos que esas aguas volvieron enseguida a su cauce.

El presidente del Gobierno español, sin embargo, llegaba a Roma con las calles aun calientes en España por la explotación que han hecho las izquierdas de el incidente de orden público habido en Valencia, desde lo que en principio fue una protesta estudiantil y derivó después a otra cosa: irrupción significativa de grupos antisistema y explotación del desorden por gentes del partido de la gran responsabilidad en la crisis económica y de su derrota electoral más grave padecida nunca en la democracia española. Significa esto, en principio, el riesgo de que el Gobierno de Mariano Rajoy acabe soportando un significativo sobrecoste político y social en su programa de ajuste económico. O sea, dificultades añadidas en este orden de cosas por encima de las que cabe prever en el caso de Italia.

Se trata por tanto de un problema derivado de la estructura mental de nuestras izquierdas, recargadas en sus disensos de base por causa de la desastrosa gestión de Rodríguez Zapatero en los dos legislaturas últimas, al haber desconcertado y desviado la política española seguida durante los años previos de la Transición, tanto en el formato económico-social como en lo concerniente al modelo territorial del Estado.

Pero si del todo relevantes son las diferencias entre un cuadro político italiano ahora aparentemente estabilizado y un cuadro político español en ciernes de desestabilización, no son menos relevantes las similitudes sistémicas en las políticas económicas de Roma y Madrid, tanto en su rigor y su disciplina presupuestaria como en su compartida demanda de iniciativas nuevas y de una flexibilización y de los ritmos del ajuste, puesto que, en unos países más y en otros países menos, toda esa recesión que gravita exige acomodaciones del horizonte temporal de los objetivos, tanto a los resuellos de las respectivas economías como a la capacidad para la resistencia de las correspondientes sociedades.

Del horizonte del debate en la UE ha desaparecido, tras de la Carta de los 12, la idea de la Europa de dos velocidades, pues con la misma misiva lo que ha venido a aflorar es un consenso mayoritario en pro del reajuste de los ritmos para llegar a los mismo objetivos. Despejado al menos en el medio plazo el riesgo significado por Grecia para el Euro, es posible un margen para la atemperación que hace una semana no existía.