Llanitos como tapadera

Más de un viaje merece el enrocamiento de Cameron con el Peñón, al negarse a debatir la soberanía tapándose con los llanitos. Ante el Tratado de Utrecht, las gentes llevadas por los británicos a Gibraltar no son nada; complementariamente, para Naciones Unidas en su doctrina para la descolonización, tampoco. El derecho de España a su integridad territorial cierra el paso, negándole toda relevancia jurídica, a lo que ha sido la maniobra británica de cederle a esas gentes derecho a disponer de algo y sobre algo que no es suyo. El soporte de la instalación británica en la Colonia, el Tratado de Utrecht, lo impide expresamente.

Se establece en este Tratado que la soberanía sobre el Peñón habría de revertir únicamente a España en el supuesto de que el Reino Unido la hubiera de ceder. Una cláusula que más que casar por entero con lo que al cabo del tiempo sería la doctrina descolonizadora de la ONU, podría parecer que ha sido la inspiradora de ésta.

Tales son las referencias legales del problema. No puede el Gobierno británico escudarse en esa maniobra contra la legalidad en que se basa el hecho colonial de Gibraltar, transfiriendo a los gibraltareños de ahora la soberanía que sólo a España corresponde. Pues nadie puede ceder lo que no es suyo. Lo hecho por Londres en este sentido, más que una simple maniobra dilatoria para diferir la devolución de Gibraltar a España, quiso ser una trampa, tanto como una duplicación del expolio colonial. Una felonía cuyo tamaño sólo cede al de la traición constitutiva del problema durante la Guerra de Sucesión.

La negativa de Cameron a negociar con España la cuestión de la soberanía es, además de todo lo dicho, algo extemporáneo y desacorde con los compromisos políticos sobre la cuestión de Gibraltar, definidos en las sucesivas declaraciones de Lisboa (abril de 1980) y Bruselas (27 de noviembre de 1984); concretamente, en esta última se precisaba el compromiso de poner en práctica antes del 15 de febrero de 1985 lo pactado en la capital portuguesa sobre una serie de cuestiones fundamentales en todas las facetas del problema gibraltareño.

Del desarrollo de aquello centrado en la colaboración se pasó posteriormente a negociar el tema cardinal de la soberanía, llegándose durante los respectivos Gobiernos de Aznar y Blair a trabajar sobre la hipótesis de un estatuto de cosoberanía, pues ambas líneas eran en su sentido más estricto un sistema de vasos comunicantes. Por eso, pretender ahora como Londres hace, quedarse con lo obtenido en la colaboración y negarse a seguir el debate en el asunto capital de la soberanía, sólo puede considerarse, más que una deslealtad entre socios de la UE y de la Alianza Atlántica, una estafa política en toda regla.

Es de esperar que de ahora en adelante el ministro de Asuntos Exteriores, Manuel García-Margallo, retome el hilo de su primer abordaje sobre el tema. Se trata de una cuestión de Estado del más alto nivel y que se cruza, por ello mismo, con todas las líneas de nuestra diplomacia y de nuestra defensa. Todo demasiado grande para que se lo pretenda escamotear bajo la tapadera de los llanitos.