El Peñón, materia de insistencia

Posiblemente se sitúa en la cuestión de Gibraltar, exceptuada la catastrófica herencia económica y en política autonómica, el capítulo más lesivo que nos ha legado a nuestros intereses nacionales el paso de Rodríguez Zapatero por el palacio de la Moncloa. El atolondramiento de quien llevó lo colectivamente indiscutible para los integrantes de cualquier vieja patria europea, a la consideración de discutido por antonomasia, es la clave del proceso en cuya virtud se perdió cuanto se había avanzado durante los dos Gobiernos de José María Aznar. Concretamente, en el planteamiento de un esquema de cosoberanía en cuya virtud se aportaron nuevas facilidades por parte de España a las gentes establecidas por los británicos en el Peñón.

Lo sucedido después, tras los atentados del 11-M que determinaron el vuelco electoral y la instalación de los socialistas en el poder, vino a dar paso a un golpe de timón en la política que al respecto se llevaba. Las ocurrencias moratinas, al alimón con las de su jefe político, llevaron al descabalamiento del propio sistema de interlocución entre las partes que originó dos efectos del todo gravemente lesivos para los intereses españoles. Por una parte, los residentes en la Colonia vieron recrecidos económicamente los suyos – muy en particular por la ampliación de sus bases de comunicaciones de todo tipo -. Mientras que por otra se estableció una estructura asimétrica para los contactos y relaciones entre la parte española y la británica, al desplegarse ésta en una doble representación: por una parte el Gobierno británico y por otra la Administración cipaya de los llanitos.

Al propio tiempo, la nesciencia del presidente socialista del Gobierno español llevaba a consentir que los contactos se instalaran en una continuidad de colaboración con los intereses del censo colonial, que nunca debió mantenerse fuera del marco de una negociación de la soberanía sobre el territorio, alevosamente robado en el curso de la Guerra de Sucesión. Los despropósitos crecieron más y más, unos tras otros. Y los que no crecieron, se consolidaron. Principalmente ese de la asimetría, en cuya virtud los británicos se asistían de los llanitos, mientras que el entorno demográfico español del Peñón, titular del ADN histórico de los genuinos componentes de la población gibraltareña eran mantenidos al margen.

Este componente ha de ser añadido cuando necesariamente se reanuden los contactos hispano-británicos sobre Gibraltar, quiera a o no quiera Londres abordar la cuestión de soberanía, y si en todo caso pretenden los ingleses que se avance en la cooperación. Pero, en todo caso y mientras tanto, al encastillamiento británico en la cuestión de fondo – el debate de la soberanía – a España le queda la alternativa de la retorsión, con la observancia estricta de las limitaciones territoriales y la retirada de las facilidades cedidas en la etapa anterior.

Aunque no sólo eso. Está el debate que se enmarca en la Declaración de Bruselas, del 27 de noviembre de 1981, están las Resoluciones de la ONU y su propia doctrina sobre la descolonización, que establece la prevalencia del principio de integridad territorial sobre el de la voluntad de las poblaciones instaladas por la potencia colonizadora. Pero está también el Tribunal Internacional de Justicia para la esgrima del Tratado de Utrecht. Londres no lo tiene tan claro como pretende el Premier Cameron en su encuentro de ahora con el presidente Rajoy.