UE, evolución política de la crisis económica

Tendrán razón quienes dicen que la Historia no se repite, pues las razones de semejanza entre unas situaciones y otras se disuelven y resuelven en íntimas y profundas diferencias de complejidad. En estas horas, se mira atrás y se establecen comparaciones entre la crisis económica de ahora y la de 1929, queriéndose encontrar semejanzas con la presente, para avizorar desde ella caminos y soluciones que nos sean útiles. En ello se está sin mayor provecho cuando nuevamente se llega con el problema griego a las puertas de una salida que una y otra vez se demora.

Tanto ha ido el cántaro a la fuente que amenaza con romperse porque ha crecido tanto el peso de la desconfianza generada por Grecia que el problema puntual en que ella es que a su condición económica se le ha venido a sumar otra política, al convertirse en catalizador y generador de añadidas desconfianzas y recelos frente a otros integrantes de la Eurozona. Sólo faltaba que además de que a lo negociado hasta el presente, al objeto de que los griegos no desvíen los recursos que se les den hacia otros fines que los convenidos, se sumen garantías de fiscalización como las planteadas por socios “Triple AAA”, como Holanda y Austria, que supondrían la renuncia por Atenas de tramos de soberanía. Supondría ello una añadida vuelta de tuerca de altísimo riesgo explosivo. Mucho es reducir el pan, tal como necesariamente se hace, para encima quitarles la palabra. Que es esencialmente la autonomía soberana de los pueblos.

Si tal iniciativa holandesa y austriaca prosperara, podría de nuevo descarrilar la negociación en Atenas. Algo que prolongaría sus deletéreos efectos sobre el sur de la Eurozona, lastrada en la actual tesitura por los efectos de ese pecado original del entero sistema euromonetario que fue la integración de Grecia en el mismo cuando ni remotamente cumplía las condiciones necesarias para ello.

Por si algo faltaba para salir del embrollo, sobreviene lo que puede acabar en una colisión frontal de paradigmas dentro de la Unión Europea; es decir, el de la estabilidad radical y el de las flexibilizaciones implícitas en las medidas de estimulo, como las planteadas, en un mensaje común al presidente del Consejo Europeo y al de la Comisión de Bruselas por la mayoría de los miembros de la Eurozona; mensaje encabezado por Italia y España. Al planteamiento se oponen Alemania y Francia, en su renovada función axial dentro de la UE, como un eje literalmente de hierro, pese a que esa flexibilización no presenta en principio más diferencia con la “ortodoxia” radical que un cambio de nombres, al añadir al diagnóstico de la crisis de estabilidad el reconocimiento de la crisis de crecimiento.

Volviendo a lo comentado al principio de estas líneas sobre los paralelismos entre determinadas circunstancias históricas, es de señalar cómo en los años 30, las respuestas de F.D. Roosevelt articuladas en su New Deal se establecieron sobre una revisión no sistémica de los criterios de la economía clásica, y que la salida de la crisis, finalmente, sólo se produjo por el efecto expansivo de la actividad industrial demandado por la entrada de Estados Unidos en la guerra contra Alemania. Pero es de esperar que la evolución de la crisis económica de ahora se quede sólo en el plano político presente.