Complicidad franco-alemana sobre Marruecos

Ni la OTAN nos cubre de una hipotética agresión jerifiana ni la UE respeta nuestra identidad de socios, al liberalizar las importaciones agrícolas marroquíes, apoyadas en jornales de miseria y técnicas fitosanitarias prohibidas en el campo europeo. Y aparte del daño catastrófico que nos sobrevendrá de lo segundo – que no será para beneficio del pueblo marroquí en general ni de sus campesinos en particular, sino de las grandes empresas francesas y alemanas que se instalarán allí para repartirse el botín con la Corte y el Trono -, conviene reparar en cómo han sido y hasta donde han llegado las condiciones de abandono en que se ha encontrado la defensa de los intereses españoles en el exterior a lo largo del septenato zapaterista en la Moncloa.

No sólo es el daño que por esta brecha se nos viene encima, al arruinarnos la gran baza de reserva hacia el exterior que siempre hemos tenido con la agricultura, sino también el desdoro que expresa la levedad del peso a que ha descendido nuestra diplomacia en todos los escenarios críticos, no sólo en Europa, como es ahora el caso, sino también en el propio mundo iberoamericano, donde el prevaleciente giro a la izquierda de los cambios habidos allí con el chavismo durante este periodo, se ha resuelto en contra de la propia sintonía que se emitía oficialmente desde aquí.

Ingente es también la tarea que espera asimismo a este Gobierno en la política exterior. Por debajo de las cuestiones del Euro y de las condiciones en que se deba finalmente convenir la reducción del déficit, queda una labor imprescindible de reparar, reconstruir y calafatear todo lo mucho que se ha deteriorado durante las dos últimas legislaturas, en la política intracomunitaria y en todo lo demás.

Pero aparte del capítulo de la UE y de la actualización de la política iberoamericana, ha de entrarse, como ya se ha hecho, en la revisión de lo actuado en el problema de Gibraltar – donde se incurrió en torpezas tan notorias como la de reducir los contactos diplomáticos al asunto de la cooperación, desvinculándolos del de la soberanía, y aceptando unos términos de asimetría, con la incorporación de los llanitos a la mesa de debates que, como no podía ser de otra manera, no sirvió para otra cosa que para que éstos, sin el contrapeso de una representación comarcal del Campo de Gibraltar, se vinieran a engallar de manera progresiva. Recabando y reclamando derechos de soberanía que el Reino Unido pasó a no querer abordar de ningún modo en el único de los términos establecidos en el Tratado de Utrecht. O sea, los que corresponden a España.

Si hondo es el hoyo en que se encuentra la economía española, y demorado el plazo en que se comience a avizorar la salida del mismo, no lo es menos el de la caída de nuestra política exterior en que nos encontramos. Así, al relanzamiento de la cuestión de Gibraltar en los términos señalados por el ministro de Asuntos Exteriores, habría de seguir un repaso decidido, en lo político y lo jurídico, del asunto de los productos agrícolas marroquíes. Y hasta donde cupiera hacerlo, reconsiderar la cobertura de la OTAN sobre la totalidad del territorio español. No todos nuestros errores en política exterior y de defensa son enteramente de cuño socialista.

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