Cristina F. toma el relevo

La inseguridad jurídica tiene asegurado su futuro dentro del populismo hispanoamericano. El relevo de Hugo Chávez, por una u otra razón, en la presidencia de Venezuela – desde la que se han agavillado tantos desmanes contra la integridad del Estado de Derecho, tanto en el espacio político como en el orden privado -, al concurrir unida toda la oposición con un único candidato en las elecciones presidenciales del próximo mes de octubre, después de la victoria de Carriles en las primarias habidas el pasado domingo; tal cambio en la panorámica política en la petro-república venezolana, no va a suponer de modo alguno el ocaso hemisférico en la predación populista contra las empresas multinacionales del sector energético.

No será así sólo por el hecho de que el boliviano Evo Morales siga todavía en la poltrona de La Paz, pese al descomunal tropiezo que tuvo con los indios que le llevaron al poder, al reprimirles con las armas por su resistencia a la construcción de una vía que habría de atravesar su Amazonia. No. La permanencia de la arbitrariedad y de la falta de respeto populistas a los pactos y acuerdos contraídos con las multinacionales, no encontrará su relevo en la modesta Bolivia – que purga con el retroceso de su producción de hidrocarburos la violencia contractual con la inversión extranjera -, viene asegurada y amplificada por vía argentina.

Cristina Fernández de Kirchner, con añadido desprecio de las sintonías diplomáticas concertables con España en la cuestión de las Malvinas, se ha venido a arremangar cargando contra YPF, la petrolera cuya mayoría de capital es propiedad de la española Repsol, prohibiéndole exportar hidrocarburos en tanto no regularice la liquidación de determinados impuestos cuya naturaleza y cuantía no parecen estar todo lo claros que convendría que estuvieran. La sombra del asunto de Aerolíneas gravita sobre este otro particular, aunque concurran diferencias entre una y otra cuestión. En el caso aquel la parte española se vio privada del amparo político esperable del Gobierno de Rodríguez Zapatero, algo consecuente con la propia sensibilidad y la misma óptica aplicada a su política con el mundo hispanoamericano, en sus sabidas sintonías con todo lo que oliese a chavismo. Tal como se pudo demostrar en el caso de la Honduras ahora consternada por la catástrofe carcelaria, en la que han muerto 350 reclusos. Fue a raíz de la destitución del presidente Zelaya por infracción constitucional, al pretender modificar la norma que limita el número de mandatos para calzarse la fórmula que en Venezuela se montó Chávez para sí mismo y luego se ha seguido en Nicaragua, con quebranto de la Ley Fundamental del país.

La apuesta de ZP fue al ciento por ciento a favor de la internacional chavista, con todo lo que ello significó, en la práctica, de desprotección de los intereses empresariales españoles en el mundo hispánico. Una onda política que, además, en su extrapolación, ha venido a traducirse en el declive de las Cumbres Iberoamericanas. Parece pues que este asunto de Repsol, y los que en su misma onda vendrán, aportan un momento de cualificada oportunidad donde pespuntear la diferenciación del nuevo discurso de nuestra política exterior en América.

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