Al límite la paciencia del mundo con Siria

La reacción de la Asamblea General de Naciones Unidas contra la represión militar en Siria, en un discurso autocrítico tras del veto ruso-chino en el Consejo de Seguridad, parece haber llegado a un punto extremo al cabo de los diez días de cerco sobre el barrio de Bab Amor en la ciudad de Homs, con su consecuente acumulación de víctimas, cuyo balance global desde que comenzó la represión alcanza según estimaciones saudíes la cifra de 7.000 muertos y un número superior de heridos. Esa reacción traduce a su vez la presión internacional que se ha alcanzado, en los escenarios políticos y en los mediáticos hasta el punto que la ecuación ruso-china que bloqueó la propuesta de Resolución de la Liga Árabe, ha venido a modificar tono y tesis que mantuvo hasta ahora. Wen Siabao, el Primer ministro de Pekín, rechaza estar defendiendo al régimen sirio y el Kremlin acaba de mover pieza para pedir información complementaria sobre la nueva iniciativa de paz en que se vuelve a mover la propia Liga Árabe.

La instalación en Siria es de gran valor para la Federación Rusa, como antes lo fue para la Unión Soviética, pero el precio que habría de pagar por ello visto como pintan las cosas podría resultar inasumible a muy corto plazo. Otro tanto cabe decir de los chinos, desde su notable dependencia energética del Oriente Medio y su necesidad estratégica de no pasarse en la dependencia alternativa de los hidrocarburos rusos; al tiempo que no resulta despreciable su necesidad de mantener con la Unión Europea, tan importante mercado para sus exportaciones y tan definida en su presión contra el régimen de Damasco, que hace ya 30 años, en tiempos de Hafez al Assad, el padre de Bsahar, dio otro repaso a sus súbditos suníes que llevó a más de 10.000 de ellos al otro mundo.

Pero ocurre también, y de forma muy principal, que la diplomacia norteamericana está más que saturada por lo que sigue pasando en Siria. Saturación y hartazgo que no vienen dados solamente por la cuestión siria en sí, sino también por la imbricación del problema de Damasco con el asunto de Teherán, a causa del programa nuclear, además de su enlace con la tensión geopolítica en el Golfo Pérsico, donde el embargo a las exportaciones iraníes y la eventualidad de algún tipo de bloqueo del Estrecho de Ormuz, ha disparado el precio del barril de petróleo bien por encima de los 100 dólares, pudiéndolo llevar aun más por encima, con todas sus consecuencias sobre las muy averiadas cuentas económicas de las democracias industriales de Occidente.

Aunque el punto de inflexión de ahora mismo en lo que toca a esta compleja situación en Oriente Próximo y Medio, viene representado por la andanada en la Asamblea General de la ONU contra Moscú y Pekín, a los que se acusa de incumplir sus obligaciones internacionales de proteger al pueblo sirio, por haber vetado la Resolución que se propuso, con la que se salía al paso de represión tan brutal como esta a la que está siendo nuevamente sometido.

Tiene por ello toda su lógica que la diplomacia de Washington haya reiterado su propósito de aislar al régimen de Damasco, y de modo implícito cerrar el paso allí a una guerra civil generalizada.

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