A la vista Venezuela sin Chávez

Con las elecciones primarias celebradas en Venezuela se han venido a establecer dos razones de signo dirimente, capaces por sí sólas de aportar el suficiente peso para que cambie la situación política al cabo de 13 años. Es una razón la propia salud de Hugo Chávez, muy quebrantada por un cáncer primario de próstata actualmente en fase expansiva, de metástasis, que incluye las derivas de otro en el colon, tardíamente atendido y origen de subsiguientes  derivas dentro de este tipo de dolencia en su periodo terminal.

Y consiste la otra razón en una circunstancia política de la mayor relevancia. El consenso de oposición alcanzado por cuatro de los cinco candidatos, que concurrirían con el propio  Chávez, el próximo octubre, a las elecciones presidenciales. Tal consenso, de base cenrista, articulado sobre la idea del regreso de Venezuela a la “institucionalidad democrática” – tal como se dice en el comunicado conjunto difundido al respecto – viene a establecer la condición suficiente (en supuestos de normalidad política sin violencia)  para que en el próximo otoño Venezuela dejara atrás el chavismo. Algo que es tanto como decir, que Venezuela se emancipara de la influencia y gravitación sistémicas del castrismo cubano.

He dicho líneas arriba “en supuestos de normalidad política sin violencia” al referirme a las condiciones necesarias para que la combinación de los dos referidos factores – consenso entre candidatos y enfermedad de Chávez – no resulte interferida por una reacción revolucionaria y golpista llevada a cabo por el propio chavismo, bien por si solo, directamente, o bien por el factor nodriza, en lo político y/o lo ideológico, representado por el poder castrista de Cuba, que, de la muy sabida manera, mantiene penetrado el propio Estado de Venezuela en sus servicios de seguridad y de Inteligencia.

Son de recordar, este sentido, cuales fueron las reacciones habidas en junio del año pasado, cuado se hizo pública desde La Habana la sesión quirúrgica a que Chávez había sido sometido para intervenirle un abceso de pus en la pelvís. Sucedió entonces, poco más o menos, que el hermano del presidente, gobernador del departamento de Barinas, se vino a postular como garante para la continuidad, con urnas o sin ellas, de la revolución bolivariana.

El cambio en Venezuela, por tanto, ni depende sólo del juego democrático digamos que libre en las elecciones de octubre, ni tampoco de la sobrevenida incapacidad, en el corto y en el medio plazo, del presidente Chávez; esto es, ni del factor institucional ni tampoco de las expectativas de vida del actual huésped del Palacio de Miraflores. Depende la “ratio” ultima de la  deriva última que tenga la formidable costra fáctica que mantiene intervenida la legalidad formalmente instaurada en Venezuela.

De todo ello depende que el futuro del régimen venezolano sea una incógnita pendiente de despejar, en la propia medida que las condiciones y presupuestos teóricos para el cambio vienen intervenidos, alterados, por el peso de los factores “anormales” (fuera de norma o de ley) que se han acumulado al cabo de los dos mandatos presidenciales del Chávez ahora enfermo, gobernante y aspirante a un tercer periodo de gobierno de diseño allendista; es decir, castrista, como el del allendismo originario. En fin, la expectativa de un Gobierno venezolano sin Chávez no significa necesariamente que no lo sea sin chavismo, allendismo ni castrismo. Que en el fondo y en la forma todo es lo mismo.

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