Ni distinto ni distante

Desde el fondo de un pasado de 30 años, cabe entender que Cristina Fernández de Kirchner, la presidenta de Argentina, le enmienda la plana al desaparecido Leopoldo Calvo Sotelo, ex presidente del Gobierno español, cuando dijo aquello del problema de Gibraltar referido al conflicto de Las Malvinas, que era algo “distinto y distante”, como quitando leña a la mayoritaria adhesión de los españoles a la causa de los argentinos durante el conflicto armado con Gran Bretaña. Confrontación envuelta, entre otras torpezas, en una chapuza logística de la dictadura militar durante el turno del general Galtieri, cuando éste mandó a la tropa en la durísima intemperie austral con ropa de verano, mientras los aviadores argentinos se cubrieron de gloria frente a los británicos. Cosa que debe recordarse también con la tragedia del hundimiento del “Belgrano”.

En la memoria histórica verdadera, en el recuerdo de los españoles, permanecía y subsiste el agradecimiento por el trigo que nos mandó Juan Domingo Perón, evitando así que nos muriéramos literalmente de hambre. De ahí que brotara espontáneamente la paralela percepción popular existente entre los dos problemas coloniales sostenidos por el Reino Unido de Gran Bretaña, lo mismo que sostiene idéntico argumentario sobre ello desde igual origen del problema; es decir, la rapiña y la deslealtad como usurpador método de adquisición territorial.

Obviamente, existen diferencias de bulto en el debate jurídico-político de uno y otro problema, puesto que en el caso de Gibraltar cuenta el Tratado de Utrecht, y en el caso de Malvinas no media, que yo sepa, documento internacional alguna que establezca algún principio de legalidad que apoye la rapiña de aquellas islas australes. Pero el más relevante de todos los aspectos de la cuestión es la esgrima de las respectivas poblaciones – la de Malvinas y Gibraltar – como argumento británico para no abrir la zarpa sobre una y otra colonia.

Tanto la población que el Reino Unido estableció en aquel espacio suratlántico de la nación argentina, como la instalada en el Peñón luego de desalojar a los españoles que lo habitaban, son poblaciones postizas con que se materializó la usurpación de uno y otro espacio, pertenecientes a la integridad territorial de Argentina y España. Postizas ambas y parapeto tras el que se escuda Londres frente a las respectivas reivindicaciones de argentinos y españoles, al negarse a negociar los derechos de soberanía que una y otra nación usurpadas.

España tiene soportes jurídicos más explícitos y definidos, conforme el Tratado de Utrecht, en el que se establece que el Reino Unido no puede ceder Gibraltar más que a España, de ahí que éste no pueda retener indefinidamente su dominio transfiriéndolo a la población allí establecida tras de despojar de su cuna a la autóctona. Pero tanto España como Argentina tienen derecho preferente desde el momento que, conforme la doctrina jurídica de Naciones Unidas sobre descolonización, el derecho a la integridad territorial de la nación expoliada prevalece sobre los supuestos títulos de las poblaciones instaladas en ellas a la fuerza.

Londres ha contestado a España sobre Gibraltar de la misma manera que acaba de hacerlo ante Argentina sobre las Malvinas. O sea, con idéntica falacia. Eso de que la soberanía pertenece a sus respectivos apósitos coloniales, con los que cubre la doble brecha de la ilegalidad internacional y de la legitimidad histórica. Efectivamente, la cuestión no es ni distinta ni distante.

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