Emirato dependiente de Moscú

La televisión – naturalmente oficial – del Gobierno sirio ha ofrecido imágenes compactas de manifestantes y banderas, propias y de Rusia, a la llegada a Damasco de Serguei Lavrov, ministro de Asuntos Exteriores del Gabinete de Vladimir Putín. Era la evidencia del reconocimiento político por el veto en el Consejo de Seguridad de la ONU a la propuesta de la Liga Árabe, la Unión Europea y Estados Unidos de poner fin a la carnicería practicada por Bashar al Assad: 5.000 muertos desde hace 11 meses, según Naciones Unidas, o 7.000, conforme la resistencia siria, de los cuales 400 son niños.

Conscientes los rusos del proporcional desgaste de su imagen internacional por endosar una brutalidad de estas características, se han apresurado inmediatamente a manifestar cerca de la puerta en que San Pablo fue derribado por Dios de su caballo, la conveniencia de abrir una reforma, de muy parecidos términos a las sucesivamente planteadas por el régimen; aunque envolviendo la propuesta con la afirmación de que Rusia rechaza cualquier intervención extranjera  en la crisis siria, excepción hecha, claro está, de la suya propia.

De manera implícita al tiempo que transparente, Lavrov ha venido a decir tanto como que Siria es dominio reservado para la Federación Rusa, dentro del desarrollo de un estadio diplomático que se corresponde dentro de un ritmo histórico retroactivo, identificable como restauración del post-sovietismo más estricto: algo que se corresponde con la voluntad de reasumir cuanto significó la presencia imperial de la URSS a lo ancho del mundo, especialmente en la Europa Oriental y el Asia Occidental, con una significativa atención a las “aguas calientes” – ya buscadas en el siglo XVIII por Pedro el Grande –. Aguas identificadas primordialmente, tras de la Segunda Guerra Mundial, con las de la cuenca mediterránea, que bañan el “blando vientre de Europa”.

La “sensibilidad” rusa para la cuestión siria, conectada a la siamesa – por el compartido chiísmo – con la cuestión iraní, guarda una simetría cierta con la del bloque atlántico en el Oriente Próximo y Medio, por razones obvias que van desde el petróleo del Golfo Pérsico y el Mediterráneo todo, y desde el de Levante al norteafricano. Es decir, un mundo que no sólo se mide en barriles sino en grados de seguridad para el Viejo Continente.

De ahí que luego de la retirada por Washington de su embajador en Damasco, en una dinámica de bloque no sólo euro-americano sino también árabe, con la activada política regional de la Liga Árabe y la dinamización diplomática del subconjunto de ésta, integrado en el  Consejo de Cooperación del Golfo, hayan comenzado también los Estados de la UE ( España, Alemania, Holanda, Italia y Francia, y los que habrán de seguir…) a llamar a sus embajadores en Damasco.

Este cuadro define muy a las claras una situación de bloqueo diplomático al régimen de los Assad, que se suma a las medidas económicas y comerciales, constituyendo un frente que habrá de suplir significativamente a los efectos sancionadores que se habrían producido internacionalmente de no mediar el veto ruso-chino en el Consejo de Seguridad de la ONU. Y a resultas de todo esto, aparece la reconfiguración internacional de Siria como “emirato” dependiente de Moscú, integrado axialmente con la República Islámica de Irán. Además de compactarse todo ello como un eco de fondo de la pasada y cuasi resucitada Guerra Fría.

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