Putin resucita la Guerra Fría por Siria

Con pocas horas de diferencia, tras de la esgrima del veto ruso en el Consejo de Seguridad al proyecto de Resolución promovido por la Liga Árabe para sancionar a Siria por la guerra civil de hecho allí comenzada, desde la represión militar de la disidencia política en el país; mientras se reactivaba en Occidente y los países árabes la preparación de nuevas operaciones de castigo político y económico contra el régimen de Damasco, la Federación Rusa ha hecho saber su decisión de reforzar su arsenal de armas nucleares – lo que implica la interrupción del proceso de desmantelamiento de armas de destrucción masiva -, so pretexto de la habilitación por parte de la OTAN del escudo anti-misiles, por entenderse desde Occidente que la alternativa rusa de utilización conjunta de su propio sistema defensivo frente a eventuales disparos de misiles desde el Oriente Asiático, no cubre las garantías mínimas exigidas.

No es la discusión sobre qué fue primero si el huevo o la gallina, siendo una cosa el susodicho asunto del escudo antimisiles y el otro la represión brutal por el régimen de los Assad de la disidencia política de cuantos en Siria exigen una apertura política, una democratización, como la habida y demandada desde el Atlántico hasta el Golfo Pérsico. Posiblemente, sin el disenso previo entre Moscú y la Alianza Atlántica sobre el referido particular de la defensa anti-misiles, no habría llegado Vladimir Putin, el Primer ministro ruso y candidato a la reelección como presidente de la Federación Rusa, a un nivel de endoso tan alto de la ejecutoria represiva de Bashar el Assad, por sustanciosos que sean los intereses económicos y estratégicos en el país cuyo sistema repudian ahora la práctica totalidad de los Estados árabes.

Es de observar, al hilo de estas consideraciones, la forma en que el Gobierno de Pekín parece descolgarse del énfasis ruso en el ejercicio del referido veto en el Consejo de Seguridad; una diferenciación de posturas expresa de la propia forma en que los chinos se han decantado por la aportación de unas explicaciones que nada se compadecen con el discurso ruso, que se ha limitado a repetir los argumentos del régimen de Damasco.

También, a la vista de las decenas de muertes ocasionadas desde el pasado viernes en Homs y sus entornos, por el empleo indiscriminado de la Artillería y los cohetes contra barrios de la población, en términos que recuerdan punto por punto el proceso represor contra la población de Libia por el desaparecido régimen de Gadafi. Dicen los chinos en su nueva posición retórica y política que de consumarse el riesgo o la probabilidad de una intervención internacional en Siria, podía llevar a lo ocurrido, en Iraq, en Afganistán y en la propia Libia.

Considerado el problema sirio desde otro ángulo de visión, es obligado reconocer que la condición minoritaria de la secta alauí del chiismo dentro de la población siria, que es de mayoría suní y con importantes segmentos cristianos, resulta una condición muy determinante de la propia naturaleza y composición del Ejército del país. Ese dato tan radicalmente diferencial condiciona el propio uso de la fuerza armada por parte del Gobierno, que se resiste hasta donde le es dado hacer un uso discriminado, selectivo, de sus efectivos militares. Usa en la represión solamente a tropa y oficialidad de la minoría alauí, por serles fiables; consecuentemente, le lleva ello a un empleo intensivo de armamento pesado en las acciones represivas. Y la ecuación desemboca en un incremento constante de los caudales de sangre que se derrama.

Pues bien, sobre todo eso, la Rusia de Putin tiende ahora la sombra de la Guerra Fría, para preservar sus posiciones económicas en Siria y geoestratégicas en el Mediterráneo Oriental, con la presencia de la V Flota desde apoyos preferentes en las bases de Tartus y Latakia.

 

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