Crisis árabe, renovables y dependencia

El Gobierno, en su turno de recortes, aprobó la supresión de las primas a las instalaciones de producción de energía eléctrica en régimen especial, conocidas como ‘las renovables’. La medida, sin carácter retroactivo, se aplicará sólo a las nuevas instalaciones. Éstas, conforme se determina, habrán de ser autosuficientes en lo económico para así explotarse rentablemente.

Más de las tres cuartas partes de nuestro consumo de energía primaria depende de las importaciones, lo que -además de exponernos  a un alto riesgo por los vaivenes geoestratégicos de sus exportadores, como ahora por el caso de Irán, enlazado con el problema de Siria – supone una carga ingente para nuestra balanza comercial y nuestro crecimiento económico. Por lo tanto, las instalaciones de producción eléctrica renovables, las que no consumen combustible y cuya fuente de energía primaria es inagotable, suponen una oportunidad tecnológica única para mitigar tales problemas macroeconómicos y de riesgo crítico actualmente para el abastecimiento. Adicionalmente, estas fuentes no producen ningún tipo de emisión ni contaminante ni de gases de efecto invernadero,  por lo que se convierten en vector primordial del desarrollo económico sostenible, especialmente para España, con su grave  dependencia energética del exterior.

Las tecnologías renovables están todavía en una fase de desarrollo, dentro de su proceso hacia la madurez técnica y hacia su competitividad económica autónoma frente a otras tecnologías de producción eléctrica. Conviene precisarlo: en España, el coste completo unitario del régimen especial varía entre los más de 100 E/MWh de la energía eólica y los más de 400 E/MWh de la solar fotovoltaica, mientras que la nuclear se sitúa en unos 50 E/MWh, y el ciclo combinado de gas en el orden 85 E/MWh. Por lo tanto, en el estado actual, las energías renovables necesitan una subvención en cualquier país del mundo para poder competir económicamente. Esta subvención deberá reducirse para incentivar el desarrollo, pues si se mantienen artificialmente altas, como se ha hecho aquí, lo único que se consigue es que determinados agentes obtengan rentas anormales, a expensas de un sobrecoste para el total del sistema eléctrico, y por ende del total de la economía, tan menesterosa de ajustes y reconversiones.

La realidad es que nos habíamos convertido en los campeones nacionales de la política energética renovable acelerada, y por lo tanto ineficiente.  Ilustran lo dicho datos del Council of European Energy Regulators. En Europa han sido España, Portugal y Dinamarca los países en los que mayor porcentaje de su producción eléctrica ha recibido subvención. Nosotros con 6 millardos de euros y Alemania con 5,6, hemos sido los que más hemos subvencionado en términos absolutos las renovables. Pero considerando las subvenciones en relación al total del mercado eléctrico nacional, España se sitúa en cabeza del esfuerzo con 22,5 E/MWh, siendo Alemania y Portugal el siguiente grupo con unos 10 E/MWh. Países líderes en producción renovable como Dinamarca y Suecia se sitúan en 8 y en 3 €/MWh respectivamente.

Estas cifras muestran cómo podríamos haber dispuesto de una capacidad renovable como la actual pero a un coste mucho menor, si se hubiese desarrollado con criterios de racionalidad económica, en un plazo necesariamente más dilatado. Pero han mediado los peajes del fundamentalismo ecologista del Gobierno anterior. Ello nos ha dejado como herencia un pasivo nacional añadido de 20.000 millones de Euros. Había que renovar el tratamiento de las renovables para que no nos costara más el mango que el azadón.

También en esto todo ha sido un tiempo perdido y una agujero agrandado, en términos internos y en el contexto de las graves circunstancias internacionales, especialmente en el Oriente Medio.

El veto ruso-chino

El veto de la Federación Rusa y de China en el Consejo de Seguridad a la Resolución alentada por los componentes de la Liga Árabe, contra la represión del Gobierno sirio, cuyo caudal de sangre – por propio ya de una guerra civil – crece poco menos que en términos exponenciales, desata protestas por el norte de África, concretamente en Libia, que prefigura costes sensibles tanto para los rusos como para los chinos, aunque para éstos tendrá consecuencias más leves que para aquellos. Moscú no se irá de rositas: será mucha, por no decir prácticamente toda, la pérdida de la influencia que podía conservar después del ciclo de cambios habidos en esos países desde diciembre de 2010, al que pertenece desde marzo del año pasado la revuelta contra el régimen de los Assad.

Una importancia añadida tiene el problema sirio por la conexión siamesa que presenta con la teocracia de los ayatolás iraníes. Un poder al que el mundo occidental tiene sometido a cerco económico por causa del esfuerzo que se le atribuye para creación de su propia bomba atómica. Esta presión, escalada actualmente hasta el embargo de las exportaciones de crudo, define a su vez riesgos y costes  para las economías de los actores (entre los que nos encontramos), y además de ello, derivadas bélicas, por la esgrimida posibilidad del cierre del Estrecho de Ormuz – garganta del 40 por ciento del consumo mundial de petróleo -, tanto porque los iraníes ejecutaran la amenaza de hacerlo, como por la propia deriva que habría de tener toda acción militar contra la República Islámica, si ésta no aflora las claves de su programa.

Se trata, en fin, de un cuadro internacional en el que pueden alcanzar límites críticos, para el mundo industrializado al que pertenecemos, los problemas derivados de la dependencia energética del exterior. Problemas cuya gravedad es directamente proporcional al rechazo político del que fue objeto la energía de fisión o nuclear; es decir,la más polivalente y no la más cara de las energías renovables, en cuyo rechazo se definió siempre el partido que acaba de agitarse en Sevilla desde sus cenizas electorales.

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