Inflexión de Europa

La convenida federalización fiscal de la Unión Europea en el curso de esta última Cumbre de Bruselas, habrá que considerarla tanto como el principio de la culminación del proyecto cuya fase inicial arrancó con la firma del Tratado de Roma. Sólo la desinformación o la ignorancia de qué supone la moneda como predicado central de la soberanía de los Estados, puede obstar a la percepción de cuanto supone ese acuerdo para modificar el Tratado de la Unión; del que se han descolgado Reino Unido y Chequia, para dar cabida a una estructura, común por federal, que consolidará de una vez por todas el signo monetario europeo.

A pesar de que el motor político que ha llevado a este estadio final del proceso han sido los problemas derivados de las asimetrías existentes en las aportaciones de estabilidad presupuestaria entre los Estados integrados en la Eurozona, asimetrías o desigualdades de naturaleza económica que arrojaban como saldo un déficit fiscal conjunto incompatible con lo exigible por los mercados, lo que precedía a ello y en el fondo era la causa de todo, no era otra cosa que el déficit institucional, concretamente constitucional, del que se derivaba tal asimetría y descompensación entre las deudas de unos y otros componentes de la Eurozona.

A eso se le ha dado el tajo en el acuerdo logrado ahora. Con ello, la “regla de oro”, la constitucionalización de los topes a que se debe someter el déficit de cada miembro del euroclub, pasa de ser una avenencia entre Estados a un rango de compromiso de los eurosocios con su propia y suprema legalidad, que es la legalidad constitucional. Propia a la vez que concertada entre los suscribientes del nuevo Tratado Europeo.

Pero el cambio no se circunscribe sólo al radical asunto de la unidad monetaria para los integrantes de la Eurozona que permanecen en ella; de lo que se deben derivar no sólo efectos poco menos que salvíficos frente a la crisis monetaria y la del mismo crecimiento económico, sino que lleva a conclusiones de ámbito más general, que desborda lo económico en la práctica totalidad de sus facetas para alcanzar lo político como Historia presente y lograr cuanto no se logró anteriormente, en la política pretérita como Historia pasada.

A efectos de la integración europea no conseguida por la España de los Habsburgo, ni por la Francia de Napoleón ni por la Alemania de Hitler, desde las respectivos proyectos de la unidad en la fe católica, del ideario nacional conforme los moldes de la Revolución Francesa, ni tampoco del mito de la superioridad racial alemana, podría conseguirse de ahora en adelante con la federalización de la política fiscal, que podría permanecer más allá de lo que permanecían o duraban las alianzas anfictiónicas de las Ciudades- Estado en la antigua Grecia, constituidas para permanecer y prevalecer frente a los enemigos exteriores de la Hélade, como ocurrió en las Guerras Médicas, contra el Imperio Persia.

Más allá de cuanto a España y otras naciones sumidas en la crisis nos cueste, puede ser los más cierto que la dinámica de integración fiscal para que el Euro prevalezca y la borrasca económica perfecta comience a escampar, acabe de llevarnos a todos los europeos adónde no habíamos conseguido hasta ahora. Aunque se trata de un proceso en que los españoles y algunos otros más habremos de dejarnos poco menos que la piel en el camino. El reciente pasado ha sido también en lo económico tan catastrófico como venturoso pueda serlo el futuro a medio plazo. Pero tiene éste muchas variables que escapan a todos los europeos, los mal y los bien situados en toda esta aventura del Euro, de las crisis globales de poder y de los cambios históricos provocados por la propia evolución en las magnitudes de complejidad amasadas por el tiempo. Para todo ello la Europa que ahora inflexiona es nuestro soporte ya y nuestra deseada perspectiva de la Historia.