Gibraltar en serio

Tras del mensaje a su homólogo británico sobre Gibraltar por parte del director de la diplomacia española, José Manuel García-Margallo, eso de que “esta broma se ha terminado”, refiriéndose a la historia de las negociaciones hispano británicas, Londres ha respondido por la vía subalterna del ministro principal de los llanitos, Fabián Picardo, diciendo que garantiza la no negociación con España de la soberanía de la Colonia si no media el consentimiento de éstos. Había puntualizado el ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación al secretario del Foreign Office, William Hague, de que se avanzará en cooperación cuando se avance en materia de soberanía.

Más claro, agua, en el sentido de que ya está bien de marear la perdiz por parte de nuestro aliado en la OTAN y socio nuestro en la Unión Europea, mientras el colonialismo británico en la provincia de Cádiz no ha dejado de medrar desde el momento mismo en que el primer Gobierno socialista de Felipe González lo primero que hizo al tomar el poder, fue abrir la verja del Peñón, siguiendo a tal cosa, años después, la ocurrencia zapateriana de sentar a los llanitos junto a los británicos en la mesa de negociaciones para la cooperación, mientras el asunto capital de la soberanía quedaba varado, menos en la playa de los temas pendientes de tratar que en el desván de los recuerdos y de las vagas memorias mortecinas.

Cupo explicar la situación actual como una inercia o resaca del compás aquel, en los Gobiernos de Aznar y de Blair, en que se especuló con el proyecto de una soberanía compartida sobre el Peñón, como paso intermedio dentro de un proceso histórico que habría de rematarse con la descolonización plena y un destino nacional optativo para los gibraltareños. Pero todo quedó en agua de borrajas, como no podía ser de otra manera, como todas las veces que España abrió la mano, siempre desde un fondo de humanidad, tal como ocurrió durante el siglo XIX cuando una emergencia sanitaria llevó a permitir un campo hospitalario en el istmo: espacio, territorio, con el que se quedaron los británicos, y sobre el que, al cabo del tiempo, construyeron el aeropuerto.

Y así ha seguido después la broma: los ingleses, extravasando los límites espaciales impuestos en el Tratado de Utrecht, empobreciendo el campo andaluz y devaluando luego las utilidades geoestratégicas de Rota; y los gibraltareños, mientras tanto, en régimen de puertas abiertas, viviendo como nadie lo hace en el Continente europeo, con casa en la Costa del Sol y negocios en el Peñón, evolucionados desde el contrabando de tabaco a la burla de la Hacienda española con la evasión de capitales. Todo lo que se dice un paraíso compartido entre los llanitos y los evasores. ¡Cómo van a querer los llanitos otra cosa que seguir como están! Por ellos, que continúen las cosas así, envueltos en la Union Jack. Esa “broma” que dice García-Margallo, es ya demasiado pesada, insufrible. Pero habría que decir y hacer más. En esta hora de cambios a fondo en la política española, instruméntese una diplomacia de presión para desatascar el debate sobre la soberanía. Y si es preciso para ello, desándese lo caminado hasta ahora en la cooperación, que tan gratuitamente ha instalado a los gibraltareños en el mejor de los mundos posible. Si uno por uno quieren ser británicos, que lo paguen soportando la angostura propia de los límites de todo tipo que se desprenden de la literalidad del Tratado de Utrecht. En el fondo de todo está el quebrantamiento de ese documento internacional, constituyente y fundante de la aberrante colonia en la Unión Europea.