Tahrir, un año

Ayer, al cumplirse un año del inicio de las manifestaciones que desembocaron en la revolución egipcia, miles y miles de manifestantes se congregaron en la plaza cairota de Tahrir. Lo hicieron en una suma heterogénea, de reivindicación y alegría; suma en la que se repartía, de una parte, la alegría de unos y, de otra, la reivindicación y la impaciencia de otros muchos; éstos, posiblemente, la inmensa mayoría.

Resulta muy claro que no es para menos, habida cuenta lo muy elevado de la apuesta que hicieron las gentes, mayoritariamente jóvenes, con su cuantiosa cuota de sangre aportada y derramada. Contrastado ahora con lo parco e incierto de los frutos obtenidos por cuantos soñaron un cambio que les abriera nuevos horizontes nacionales.

Acaso lo más importante que subyace a este aniversario, es decir, al año transcurrido, dentro del cual se han celebrado elecciones en las que los islamistas han obtenido mayoría de dos tercios en el Parlamento, es que el cambio egipcio habido hasta el momento es, en términos históricos, que se haya operado un descomunal salto atrás. Por lo menos en el curso de este comienzo de la transición desde un régimen autoritario, de base militar, a otro en el que las urnas pudieran quedar en simple instrumento para derrocar la dictadura, aunque con pocas garantías de que sirvan para consolidar un sistema democrático moderno, con igualdad de derechos entre hombres y mujeres y con un deslinde suficiente entre el orden religioso islámico y el orden político democrático y libre.

Aunque la Junta Militar se haya instalado al frente del componente celebratorio de la manifestación inmensa de ayer, con el anuncio de que el 30 del próximo mes de junio dejará el poder, y el del fin de la llamada Ley de Emergencia utilizada por los Gobiernos desde 1981, cuando los Hermanos Musulmanes acabaron con la vida del presidente Sadat por haber firmado la paz y reconocido el Estado de Israel, no existe garantía alguna de que el peso de estos mismos Hermanos Musulmanes – y el de sus muy afines integrados en las fuerzas salafistas – en la Comisión Constituyente, no termine y desemboque en un santuario de integrismo que borre toda posibilidad de política civil en Egipto.

Sólo hay que advertir el desencanto de las fuerzas laicas que tanto participaron y apostaron en las manifestaciones de Tahrir, especialmente el de las organizaciones de mujeres y los incipientes grupos liberales, para orientarse sobre la división que se abre en la sociedad egipcia, con gran ventaja de fuerza para quienes pueden volcar la Constitución hacia el pasado anterior al representado por Mubarak y los propios militares que le han dejado en la estacada. Ese otro pasado, el remoto, al que puede llevar el cambio en el curso de este año, es un tiempo que conecta con el del Imperio Otomano, que fue el tiempo con el que rompió el nacionalismo modernizador de los coroneles, debeladores de la monarquía del rey Faruk, a quien le hacían los Gobiernos desde Londres.

Pero habrá que esperar a que la hoja de ruta llegue a término, con la Constitución nueva y con la elección de un presidente. Egipto es mucho Egipto, la referencia absoluta para el entero mundo árabe. Y todo cuanto en Egipto ocurra tendrá su eco no sólo en el mundo árabe sino también en el orbe islámico. Sobre el Tahrir de ayer en El Cairo, durante el día y por la noche también, se cernía la sombra de la esfinge.