El riesgo de espiral descendente

No le han hecho demasiado caso que se diga, en Berlín, a Christine Lagarde, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, cuando ha pedido que se ampliara el Fondo de Rescate para hacer con ello un cortafuegos que conjure la crisis de solvencia que se adueñaría de la Eurozona en el caso de Italia y España, pese a sus capacidades respectivas para generar riqueza, no pudieran soportar costes de financiación anormalmente altos. Dentro de un marco crítico de “integración deficiente”, según la ex ministra francesa de Economía, el riesgo que dimana de la inexistencia de ese cortafuegos, entendido como los eurobonos, se identifica con el de “la espiral económica descendente”; es decir, algo más que sólo parecido al tornado de la Gran Depresión norteamericana de los Años Veinte. Fenómeno cíclico que fue tanto como una tormenta perfecta que duró más de una década.

La falta de cintura de que adolece la canciller de Alemania cabría identificarla, metidos en paralelismos con las rigideces de la política económica – de crispada ortodoxia y manifiesta insolidaridad- de que adoleció la Administración del presidente Herbert Hoover. Y lo de la “integración deficiente” que subyace al Euro y a la que se ha referido la directora del Fondo Monetario Internacional, es algo que estaba ahí, bien patente; aunque no le hizo ascos el entusiasmo alemán en el momento de la creación del Euro. Pese al hecho evidente de que no se habían concertado en la debida y suficiente manera las condiciones previas de suficiente aportación soberana para un empeño así por parte de los Estados que suscribieron el Tratado de Maastricht.

El talento alemán para detectar la ventaja de todo pacto cuando la hay para sus propios intereses pudo ponerse de manifiesto entonces lo mismo que en otro orden de acuerdos, como el Protocolo de Kyoto, en el que la Alemania reunificada, metiendo el clavo de la obsolescencia industrial correspondiente a la parte que había permanecido largamente privada de su libertad, en la órbita soviética, se aseguró una renta en derechos de emisión, como si perteneciera al mundo subdesarrollado, capaz en sus rentas y recaudaciones de reponerle mucho más de cuanto había aportado como fondos de cohesión al proyecto europeo.

Teniendo en cuenta estas cosas, alguien podría hablar de la listeza sinfónica alemana. Parece claro, en efecto, que del juego de la incertidumbre sobre el riesgo que comporta la deuda de naciones como Italia y España – incertidumbre que se despejaría en medida directamente proporcional a la amplitud del cortafuegos del Fondo de Rescate, que Berlín no quiere ensanchar con los eurobonos -, quien se beneficia, por abaratarse de modo proporcional, es la deuda alemana. Instalada ya en los intereses negativos y cobrando de modo implícito al suscribiente de ella derechos de garantía y custodia…

Se echa muy de menos cierta sensibilidad político-social en el Gobierno de la señora Merkel; o, mejor dicho, la sobra ceguera para advertir o considerar que los agobios italianos y españoles, por el zarandeo de las agencias angloamericanas de calificación, pueden finalmente traducirse en problema para las exportaciones alemanas al mundo latino por crisis de su demanda.

Es un test de irresponsabilidad no evitar que la “espiral económica descendente”, a la que se ha referido Lagarde, traiga como fruto, en el sur de Europa, otras uvas de la ira como las pintadas por Steinbek en la crisis de 1929…