El año de los tsunamis

Desde los últimos días del 2010 en una localidad tunecina, pudo el mundo asistir a un fenómeno sin precedentes en la Historia Contemporánea. Un bofetón policial a un recién egresado de la Universidad, que como tantos otros por el ancho mundo, se encontraba sin trabajo y subsistía vendiendo sin licencia por la calle verduras del huerto familiar, el injuriado se prendió fuego en protesta por la humillación. Fue el detonante de lo sucedido después, en el propio Túnez, donde cayó la dictadura de Ben Alí, siguiéndole luego la del libio Gadafi, al cabo de una guerra civil probablemente inconclusa, y la del egipcio Mubarak, al que juzgan los propios militares en que se apoyaba; la del yemení Saleh, mientras la ola sacude en Siria el régimen de los Assad, al precio por el momento de 5.000 vidas, y en Marruecos el régimen de Mohamed VI se mimetiza mediante una reforma de la llamada Constitución, cuyas llaves de poder últimas se reserva el monarca. No medró de ninguna de las maneras la norteafricana ola reformadora en Argelia, donde el sistema se encuentra archivacunado contra todo cambio que verdaderamente incida en los inmutables reductos sistémicos del poder.

Pero el tsunami norteafricano, que cierra el año con el capítulo abierto de Siria y con el cambio aun sin consolidar de la política egipcia – inundada en las urnas con los Hermanos Musulmanes y otras especies asociadas dentro del islamismo -, tiene repercusiones exteriores al mundo árabe. Las protestas rusas tras de las elecciones a la Duma, que parecen esbozar propósitos de permanencia y continuidad mirando a las urnas de marzo, para elegir presidente de república, pueden tener componentes de efecto inducido por la ola democratizadora árabe; un proceso este que parece caracterizarse más por una reclamación y demanda genéricas de libertad, y por la expresión de protestas variablemente “indignadas”, no identificables con una cristalización ideológica concreta en ninguno de los casos.

Pero sí es referible todo a una dinámica de choque o de fricción entre dos mundos o situaciones básica y en enérgicamente diferenciados. Como, en lo geológico es la tectónica de las placas continentales. Ese proceso generador de terremotos y éstos, a su vez, de tsunamis propiamente dichos, especialmente frecuentes en el llamado Círculo de Fuego del Pacífico. Como el habido en el mes de marzo en Japón, que dañó muy gravemente la central nuclear de Fukushima y que ha reproducido casi por entero la crisis global de aceptación de las térmicas de fisión que produjo en la década de los años 80 el accidente de la central ucraniana de Chernóbil. Y lo ha hecho fundiendo en una misma percepción sociológica dos fenómenos bien distintos. Lo de Fukushima ha sido esencialmente un suceso geológico que ha superado los parámetros de previsión tecnológicos, mientras que el suceso soviético en aquella térmica de Ucrania fue un problema tecnológico – de insuficiencia estructural de seguridad en la central – agravado por la gestión irresponsablemente deficiente del equipo que la explotaba, y de la política que la concebía tanto como fuente de electricidad que como fábrica de plutonio para el equipamiento militar, en el ápice da la Guerra Fría.

Cuestiones tan distintas han tenido al cabo una lectura común para la explotación ecologista de lo sucedido en Fukushima. Pero así ha sido y tenido sus repercusiones políticas a corto plazo, durante las elecciones regionales alemanas.