Habas a calderadas

Nos escandalizamos aquí como se escandalizan allí, en Rusia, por las tretas y artimañas con que el putinismo ha desviado el sistema democrático en dos turnos sucesivos de manipulación. Por una parte, con la rotación cerrada para que el jefe del Estado y el Primer ministro se turnen entre sí en las dos magistraturas; y por otra parte, con las prácticas contra la limpieza del sistema electoral que aseguran y garantizan el monopolio político del partido Rusia Unida (RU), cuyos primates ofician la rotación cerrada en los vértices del sistema político establecido. La escandalera que se ha montado coincide con el vigésimo aniversario de la desaparición de la URSS. Y se apoya la protesta con el argumento, diversamente explícito según loa diferentes objetores al sistema actual, de que no es de recibo que la dictadura de partido único, la del proletariado, se venga a suplir por un modelo de poder que también, conforme la práctica establecida, es de también de un solo partido, el de Rusia Unida.

Establece todo ello la evidencia de abusos sistémicos que falsifican la democracia de una determinada manera, al burlarse así el principio democrático y constitucional de la alternancia en el poder, que es el propio de las democracias occidentales, como la nuestra, que tienen como base el Estado de Derecho, articulado a su vez sobre el principio de la seguridad jurídica, que tutela el otro de la división de poderes. Pero todos los abusos sistémicos por parte de los partidos políticos no se expresan siempre ni las más de las veces de la misma manera. Hay, a lo que se ve, muchos modos de pactar contra la independencia de los poderes del Estado.

Ocurre así que al aire mismo en que las asociaciones de víctimas del terrorismo exigen del Estado el esfuerzo policial para que se identifiquen las autorías del 40 por ciento de los asesinatos de ETA, antes de que las responsabilidades correspondientes prescriban, saliendo así estas asociaciones al paso de la presión ejercida por el etarrismo para que se concedan a sus presos beneficios penitenciarios, en compensación por el manifiesto de la banda diciendo que se retira, el pegote institucional del TC, enmendándole una vez más la plana al Tribunal Supremo en este mismo orden temático, al declarar nula la sentencia de éste por la que se anulaba el protocolo en cuya virtud se podía matricular a reclusos etarras en Universidades españolas y extranjeras, por supuesta violación del derecho de la UPV/EHU a la autonomía universitaria…

Se echa el reloj atrás dentro de este mismo año que acaba y nos encontramos con el rescate por parte del TC de la causa del regreso del abertzalismo a las instituciones, enmendándole también la plana al TS y reduciendo la Ley de Partidos a la condición escandalosamente expresa de papel mojado. Y así, de tan bizarra manera, la política de concesiones al terrorismo separatista iniciada por el difunto Gobierno socialista de Rodríguez Zapatero, éste como el propio Cid, gana su última batalla después de muerto.

El problema, sin embargo, no acaba ahí. La cuestión más de fondo es la de que la partitocracia cursante enmendó la plana a la separación de poderes en virtud del impulso socialista para que el Tribunal Constitucional lo compusieran señores no salidos de la cooptación entre jueces sino del pacto entre partidos. Con lo cual el Estado de Derecho pasa a convertirse, a través de la gatera del Tribunal Constitucional, en Estado de Partidos, en partitocracia. Con lo cual el principio de seguridad jurídica se volatiliza, y con el mismo el de la seguridad personal. No hay forma más decisiva de atentar contra la democracia que la de ir contra los fundamentos de la misma en el Estado de Derecho.