Tiempo de incógnitas

De menor a mayor, el día de ayer deparó la pregunta de qué y por qué se habían registrado descargas de fusilería en la capital de Guinea Bisau, aunque luego se supo que el mando militar supremo del país se había reunido con el presidente de la república, con lo que se disipaba la primera impresión de que el baile golpista continuaba en el África occidental, con otro episodio como el del conflicto en Costa de Marfil.

Lo que en el África atlántica sí ha continuado estos días, tras la pausa de un año han sido las atroces y criminales burradas del islamismo radical en la poderosa y desgraciada Nigeria, con media docena de atentados a la dinamita contra iglesias católicas durante la Nochebuena, en un balance aproximado de medio centenar de muertos y un número lógicamente mayor de heridos. Una furia demencial y anti-cristiana de la secta Boko Aram, adornada con ataques extensivos a algunas mezquitas y centros policiales, en el sur, centro y norte de Nigeria.

A la pregunta de por qué ocurren periódicamente estas cosas en el Estado más densamente poblado del Continente negro, habrá que contestar lo tantas veces dicho sobre el infame modo con que las potencias europeas, a fines del siglo XIX se repartieron buena parte de África en la Conferencia de Berlín. Consistió lo infamante en el hecho de que la distribución de la carta colonial africana se hizo, sobre el mapa continental, trazando cuadrículas de superficie proporcional al poder de qué respectivamente disponían los colonizadores, y de las posiciones que previamente habían éstos ocupado en la geografía a explotar. Todo ello, en pos de las materias primas demandadas por la ya madura revolución industrial, y para compensar los costes de las libertades nuevas en las democracias europeas, especialmente el de las libertades sindicales.

Desde tales presupuestos se explica el hecho nigeriano – y el de otros tantos más -, en que fueron metidos en cada una de las parcelas adjudicadas mediante el reparto en Berlín, de gentes, credos y culturas de muy diverso perfil y muy distintas maneras de entender la vida, tanto la de aquí como la del más allá.

Como quien dice, media Nigeria es cristiana y la otra media msulmana, y así se produjo la guerra llamada de Biafra, en los últimos años 60 del pasado siglo, de los ibos contra los hausas y otras etnias abrazadas al Islam, de parecida manera a como, de tiempo en tiempo, los radicales de la Media Luna la emprenden a bombas y cuchillos contra los demás gentes del Libro. Y ante el hecho de que tal cosa no ocurre sólo en Nigeria y otras Estados africanos y asiáticos idénticamente orientados en ello desde el Estado, como es el caso de Egipto con los asesinatos de coptos, y también el de Iraq, donde los epígonos de Ben Laden hacen sus razias también contra los cristianos en sus templos.

Hay incógnitas, preguntas, que tienen respuestas relativamente claras, y otras, afectadas de muy ruda singularidad, en que no ocurre otro tanto. Así la de si a los 20 años del fin   implosión de la URSS, se ha abierto, con las protestas en Rusia contra el tramposo proceso electoral en curso,  el principiado del fin del post-sovietism. Un ciclo histórico éste cuya parte principal corresponde al putinismo, perpetuado en régimen de doble trampa: la constitucional, para poderse presentar Vladimir Putín cada ocho años a otros tantos de presidencia, y la electoral, para asegurarse la reelección suya al cabo de las dos legislaturas desempeñadas por su compadre Dimitri Medvédev; todo implementado en una rotación alternativa y recíproca desde la dirección del Gobierno a la  jefatura del Estado y viceversa. Y todo ello teniendo en la cárcel a Mijail Jodorkovski, el hombre de la petrolera  Yukos, por haberse querido meter en política junto con los otros seis “oligarcas” rusos, colaboradores con el propio Putín en el triunfo del presidente Boris Yeltsin, que ganó el último pulso a los comunistas. Justo hace ahora 20 años.