Primavera en el invierno ruso

Me refiero a la primavera política, esa que fue acuñada hace ahora un año por el norte de África. Una ola hemisférica de busca de libertad surgida de una bofetada policial. Un chispazo que prendió por Túnez la rebelión contra la autocracia local: hoguera extendida luego por toda la cornisa norteafricana. Y, a lo que se ve, prolongada en este diciembre que se acaba hasta la misma Federación Rusa. Un pucherazo electoral como el de las últimas elecciones parlamentarias, a beneficio del partido Rusia Unida, ha hecho saltar los resortes de la paciencia popular y formado el río de la exigencia colectiva.

Es de todo ello lo más significativo a estas horas el cambio metabólico de la situación: esa pirueta del curso histórico en el mundo postsoviético, con la aparición en escena, como si un fantasma fuera, del mismísimo Gorbachov, último zar de la URSS. Ese personaje que de puro reformar el sistema con el Glasnot y la Peretrestroika, racionalizándolo, acabó con el método marxista-leninista en que el sistema consistía.

En puridad, esta primavera política rusa expresada en su última pulsión con decenas de miles de manifestantes en Moscú, no es otra muestra más del rechazo de un sistema dictatorial. No. Es una protesta colectiva de expresión ascendente contra el ejercicio tramposo y totalitario de la democracia.

Rebelión contra un subterfugio concebido desde el neozarismo absolutista de Vladimir Putin. Una artimaña de aliento sistémico que comenzó violando el principio de alternancia en el poder – propio del universo parlamentario y liberal que informa el texto de la Constitución rusa -, por reducir esta alternancia al relevo interno del poder administrado por Rusia Unida.

Es decir, si la Constitución limita a dos mandatos sucesivos la Presidencia de la República, Vladimir Putin se las ingenió mediante la rotación con su amigo Dimitri Medvédev, en un sentido y el otro, de la presidencia del Gobierno a la Jefatura del Estado cada dos legislaturas. De tal modo, respetando los dos periodos presidenciales establecidos como límite, cumplían formalmente con al ley pero burlaban el espíritu de la Constitución, al impedir así el requisito democrático de la alternancia efectiva.

Falsificaban de tal manera, diárquicamente, el sistema propio de las democracias occidentales y se adentraban más y más en los sucedáneos absolutistas de los modelos orientales de poder. Tomando como paradigma, en esta última ocasión, la tropelía electoral organizada hace dos años en la República Islámica de Irán.

Y si las burladas mayorías persas se levantaron entonces contra la burla, la falsificación y la estafa, miles y miles son los rusos que se manifiestan ahora contra la patraña electoral de las elecciones parlamentarias, donde el Partido Rusia Unida propuso a Medvédev como candidato a jefe de Gobierno, vista la magnitud del pucherazo, mientras que ahora mismo, ante la previsión de que en las elecciones presidenciales de marzo, en las que Rusia Unida llevará a Putin como candidato a la jefatura del Estado, volverá a repetirse el atraco, es de toda lógica que no cesen las protestas contra la sucedido.

Se juntan así las dos oleadas de protestas rusas. Una, por lo que se ha hecho en diciembre, y otra por lo que se prevé ocurra en marzo, durante los comicios presidenciales; centrándose principalmente las protestas en la remoción de los responsables de la supervisión electoral. Si ambas oleadas, como no sería de descartar, entran en fase, se podría formar un tsunami que sometiera a la estructura diárquica rusa a un meneo más grave aun que el padecido por la estructura nuclear japonesa de Fukushima.

La tectónica de placas entre el autoritarismo ruso de siempre, dictatorial o no, y el democratismo de ahora generado por la intercomunicación a escala global, establece condiciones de crisis políticas que no existían al implosionar la Unión Soviética y que se definen como incompatibless con la maquinaria de poder montada por el putinismo en la Federación Rusa.

Los rusos, con aceptación decreciente habían aceptado la rotación constitucionalmente tramposa entre Putin y Medvédev para el Consejo de Ministros y para el Estado en su conjunto; pero, quizás por las condiciones dichas, han rechazado la trampa en el mecanismo electoral. Sería tragar por segunda vez y están diciendo basta. De tal suerte, ha estallado otra primavera democrática en pleno invierno ruso.