La brújula diplomática, encajada al norte

En lo más de los últimos cuatro años, tanto España como Maruecos han perdido el tiempo mediante el común engolfamiento en los correspondientes tics de sus respectivas y recíprocas alienaciones. Marruecos, como exponente del abrumador dislate de eso de la “alianza de civilizaciones”, que Zapatero se sacó de la manga como sublimación de un disparatado buenísimo sin freno, incitador del abuso en los más de sus interlocutores por las cuatro esquinas de la política internacional.

Dentro de esa dinámica, alimentada a medias por las dejaciones propias que nos ahondaban en la irrelevancia, y por las audacias desdeñosas por parte de Gobiernos de segunda cuando no de tercera, nuestra política exterior ha empobreciendo su perfil y degradando su “auctoritas” incluso en espacios tan significativos como el iberoamericano. Punto este especialmente delicado en el camino del Segundo Centenario de las Emancipaciones.

De la óptica clausurada en la relación hispano-marroquí surgieron las intolerables incidencias habidas por parte del vecino del sur, ensoberbecido además por las asistencias e injerencias residuales de lo que una inadmisible prepotencia francesa en su política norteafricana. Algo que pareció hacer definitiva crisis, durante la guerra de Marruecos, la determinante acción de Primo de Rivera con el desembarco de Alhucemas.

La diplomacia española, necesariamente ceñida a la atención y servicio de las nuevas prioridades dictadas por la crisis, hará probablemente de instalar sus prioridades en las relaciones con Berlín y un París con el que son posibles sintonías sensiblemente averiadas durante la presidencia de Jacques Chirac. Y junto a ello, además de la restauración plena del entendimiento habido con Washington antes de la sentada frente a su Bandera y de la retirada torpe de los soldados españoles en Iraq, el necesario reajuste del entendimiento con la comunidad hispánica de naciones, a la vista de cuanto ha dado de sí la perturbación vicaria del chavismo dentro de ella.

Es la respuesta a la crisis económica, sin embargo, lo que como preferencia primera más habrá de determinar la política exterior del nuevo Gobierno español. Una tasa de paro como la que España padece no sólo monumentaliza el fracaso de una gestión sino que obsta a la presentabilidad de un país que lleva en el frontispicio la incapacidad de resolver el más importante de sus problemas.

Europa es el escenario y Europa es el destino primordial de nuestra política exterior. El tiempo de la incompetencia debe entenderse como acabado de una vez. La brújula debe anclarse en el rumbo Norte, mirando a Europa. Las fantasías de ayer mismo, al desván de los recuerdos. Lo demás, en los términos dichos, es pura alienación.