Israel ya no es el problema de los árabes

Está de un lado la fermentación explosiva de la primavera árabe, con “la matanza de amplitud sin precedentes” en Siria, de que habla el ministro francés de Asuntos Exteriores; está de otro lado la manifestación de millares de mujeres en El Cairo por el escandaloso comportamiento de la tropa represora con una manifestante, a la que arrastraron por la calle y prácticamente desnudaron, escenificando con brutalidad insuperable el fondo inequívoco de desprecio al género femenino propio de la cultura islámica, por más que el poder militar – con su connotación laica – que regenta la transición egipcia a la democracia tras la caída de Mubarak aparezca teóricamente enfrentado al conjunto de partidos islamistas, que se están llevando de calle las elecciones parlamentarias en el más importante de los países árabes, con un 40 por ciento de los sufragios en el primero de los turnos de votación.

Pero es que al mismo tiempo, al margen de tan abruptas desembocaduras del cambio político en ese mundo, comenzado hace un año y dos días, viene a romperse en Iraq – al cabo de dos días de la retirada de las tropas norteamericanas – el Gobierno, que tardó casi un año en formarse después de las últimas elecciones parlamentarias, pues acaba de estallar como una bomba de tiempo con la ruptura entre el primer ministro chií, Al Maliki, y su segundo en el Gabinete, el suní Tarik al Hachemi, al que el primero acusa de haber dirigido “escuadrones de la muerte”.

Hachemi ha escapado a Irbil la capital del semi- autónomo Kurdistán. Allí, donde ha pedido asilo político por la entera ausencia de garantías procesales, asiste a la lógica ruptura del Gobierno, donde los suníes tenían representación minoritaria porque minoritaria es la parte suní de la población iraquí, con sólo el 20 por ciento, mientras que los chiíes representan el 80 por ciento de la misma.

El estallido de las luchas sectarias en Iraq obedece, cabe decir, a un proceso de física política. Siempre mandaron los suníes, durante los tiempos de Sadam Hussein y antes, mucho antes de esa dictadura. La cosa se remonta a cuando el Imperio Turco, de adscripción suní, en el siglo XVII, perdiese su interés por el Mediterráneo Occidental y se volviera contra el Imperio Persa, ocupando la Mesopotamia – hasta el Chat el Arab – y la mayoría del Kurdistan oriental. Desde la creación del Estado iraquí, las mayorías chiíes fueron sometidas al sunismo; de manera especialmente dura en los tiempos anteriores a la invasión de Iraq por Estados Unidos, agravándose presiones y represiones durante los ochos años de guerra entre Iraq e Irán, meca del chiísmo desde la revolución del Imán Jomeini.

Siria, con el chiísmo alauí de los Assad está llevando las cosas a un nivel de represión insostenible; Iraq, con el suyo, ya vemos cuanto ha tardado – sólo 48 horas desde la salida de las tropas estadounidenses – en detonar el conflicto sectario; Egipto sigue bregando en una transición abrupta; Libia, liberada de la dictadura de Gadafi se enfrenta ahora a algo más que rencillas entre los componentes del frente político de liberación… La democracia en el mundo árabe, como en tantos otros, tiene muchísimo más de resultado de procesos bien complejos que de objetivos asequibles a primera vista, aunque el impulso hacia ella sea tan claro y tan nítido como el habido desde hace un año por el norte de África.

Cuesta algo más admitir en estas circunstancias actuales, por decirlo de alguna manera, que Israel es el problema por antonomasia de los árabes. El problema de ellos, más bien, son ellos mismos.