La investidura desde fuera y el amor de los mercaderes

No era previsible que un hecho, perteneciente por sus causas a la política exterior, viniera a producirse de tan temprana manera al hilo de la que era inminente investidura de Mariano Rajoy como presidente del Gobierno español. Me refiero a la puntual diligencia marroquí para cortar por lo sano con las arribadas por mar a Ceuta, nadando y con hipotermias, de 80 subsaharianos salidos de algún punto de la costa jerifiana con la ilusión y el propósito de entrar, de tan desesperada manera, en esa ciudad española de, luego de aquellos otros tiempos en que intentaban hacerlo trepando por la valla que deslindaba ese espacio español de los dominios de Miramamolín, el Comendador de los Creyentes.

Tampoco son tan remotos los días en que la autoridad marroquí ponía poco menos que el grito en el cielo de Alá, la última vez que el entonces sólo presidente del Partido Popular pisaba suelo español en el norte de África. No eran aquellos tiempos en verdad tan distantes, pero sí muy distintos de estos de ahora. En la Moncloa estaba el presidente Zapatero y las relaciones entre Madrid y Rabat eran, como todo el mundo sabe, algo muy especial; tanto que en una de sus visitas a la Corte rabatí el presidente del Gobierno español fue sentado por el rey jerifiano junto a un fondo donde estaba pintado el Reino de Marruecos, en el que figuraban las ciudades de Ceuta y Melilla, teñidas con el mismo color que el del espacio jerifiano.

Se pasaron en lo suyo, con su oficiosidad, los cortesanos de Majzen que asesoran al rey de allí. Pero se pasaron porque pudieron, pues el visitante, con la Alianza de Civilizaciones por bandera, se dejaba que le hicieran eso y mucho más. Tantos pueblos se pasaron esos cortesanos, llevados de su adulación y su torpeza, que ahora les faltarán manos y fuerza para recoger velas a la hora de reformular las relaciones con el nuevo presidente del Gobierno español, cuya referida presencia en la España norteafricana fue calificada de algo peor que “non grata”. “En qué estaríamos pensando”, se dirán ahora más de uno de ellos, lo mismo que gentes del nuevo Gobierno rabatí.

Muy mal fue llevada la política de Marruecos con España, por causa, naturalmente, de la enorme deficiencia – como tantas otras cosas – de nuestra política exterior en las dos últimas legislaturas. Rabat abusó de la nesciencia moncloví. Y tales abusos habrán de ser compensados por vía expresa de contrición y compensación. Podría esto materializarse con lógicos cambios de ritual, que de suyo vendrán explicados por los cambios de circunstancias En Europa. Por lo que hay y por lo que hubo, no tendría sentido alguno que el primer viaje al exterior del nuevo presidente del Gobierno español fuera a Rabat. Aunque repintaran los anfitriones los colores cartográficos de Ceuta y Melilla.