Punto y aparte en una pesadilla

La muerte en tren donde siempre viajaba, de Kim Yong-il, segundo titular de la dinastía comunista norcoreana, abre un compás de inquietud y a la vez de expectación en el mundo. Corea del Norte, un país de miseria por estar volcado a un esfuerzo armamentístico sin parangones detectables en los tiempos contemporáneos, pierde el vértice de su situación geopolítica en el mundo y se adentra en un después empedrado de preocupaciones y preguntas. La principal de éstas, el destino del arsenal atómico, iniciado por el fundador del totalitarismo dinástico y estaliniano, Kim il Sung, consolidado y ampliado por el ahora fallecido, Kim Jong Il, y transferido a manos de un post-adolescente de 28 años, con estudios en Suiza y resultados desconocidos en términos de criterios y prudencia.

Ni orienta ni tranquiliza lo suficiente la versión de que el poder ahora yacente en el mundo de Pyonyang, será recogido y administrado desde un trípode de competencias formado por la del Partido Comunista, el Gobierno actual del país con sus mínimos de ingredientes tecnocráticos, y el Ejército Rojo, presumiblemente más bermejo que ninguno otro de cuantos han desfilado por la Historia bajo el signo de la Hoz y el Martillo. En principio, desazona menos que tome el relevo en el poder un organismo provisional, de competencias en principio repartidas y compensadas, que no lo venga a hacer el presunto tercer miembro de la dinastía, de quien no se sabe qué cabe esperar.

Una de las bases de inquietud y recelo abiertos por la muerte del tiranuelo que ha machacado durante 17 años a su pueblo, es el hecho de que Corea del Norte disponga a estas alturas no sólo de una santa bárbara atómica, sino también de una panoplia misilística de corto, medio y largo alcance, capaz de llevar en ciertas de sus cabezas cargas con armas de destrucción masiva. Demasiado arroz para tan poco pollo, que diría el castizo.

Esa es la parte específicamente negativa que trae la situación nueva, creada por la muerte del amigo del tren (posiblemente Kim Yong II) encontró en este medio de transporte las máximas condiciones de seguridad en todos los sentidos, desde la simplemente física a la estrictamente política), pero la desaparición de este personaje, al que se le van a rendir honores funerarios durante 12 días sucesivos, incluye la posibilidad de que por fin se abra con ello una ventana de oportunidad para que el sistema, en lo político, flexione a una cierta apertura y desde ello sobrevenga un viraje que humanice el sistema en términos de una mayor asignación de recursos hacia la economía civil desde lo habido hasta ahora de subordinación irrestricta de ésta al armamentismo sin pausa.

Pero las cosas son a este respecto muy complicadas, pues a estas alturas el régimen norcoreano puede exportar posiblemente no sólo componentes para la industria atómica, sino también tecnología balística – desarrollada sobre lo transferido en su día por la Unión Soviética – a regímenes fuera de la órbita de legalidad internacional, como pudiera ser Irán. En resumen, el balance de perspectivas que arroja la muerte del omnipoderoso hombre de Pyongyang es sólo el de un cúmulo de interrogantes que el paso del tiempo irá despejando. Al fin y al cabo, sistemas tan cerrados como el norcoreano solo se abren para desaparecer.