De la primavera al desencanto

Será porque así es la ley de bronce de las revoluciones. Sucede que arrancan por la primavera y acaban en el desencanto. Mientras por Siria la juventud más joven muere a docenas contra la dictadura hereditaria de los Assad – desahuciada por todos, incluso por la Liga Árabe -, repite con riesgo sensiblemente mayor que el asumido por los rebeldes tunecinos, en lo que fuera Cartago y sus entornos de cereal, aquello que fue hace un año la parte civil más empeñada en la revolución libertadora, se siente estafada y saqueada. Los vencedores en las urnas reclamadas han sido, al cabo lo más granado de la carcundia islamista. Los que allí, a despecho de la modernización política que hizo Habib Burguiba (que crió el logrero Ben Alí), someten el sufragio universal al  particular catecismo de Mahoma.

Esos desencantados jóvenes de Túnez son los mismos que en la plaza cairota de Tahrir, donde floreció ante el mundo la épica de las libertades tras dos generaciones de autocracia castrense, claman ahora – creo que por tercera vez – contra el peso abrumador de los rescoldos de aquello. Aunque lo hacen a la también abrumadora sombra del triunfo electoral de los islamistas, a quienes la libertad política les importa propiamente una higa. Aunque les incomoda en la propia medida que tal libertad sea para ellos más pecado aun de lo mucho que lo era el liberalismo para nuestros integristas del siglo XIX.

Sobre el mar de desencanto de unos protagonistas de la primavera árabe, navega a toda vela la Flota de quienes hacen ya algo más que sólo soñar, por el norte de África y otras latitudes que fueron de la Media Luna, en la restauración del Califato universal. Pero al margen y por encima de todo ello, de las frustraciones de unos u otros protagonistas,

la crónica egipcia  de estos días, con el recrecido conflicto entre el poder inercial que todavía representa el mubarakismo y los grupos revolucionarios de inspiración occidental, subyace como problema la tensión entre el poder de hecho que todavía gobierna Egipto, de condición militar, y la presión de Washington para que el gobierno del país sea transferido cuanto antes a manos civiles. Pero hasta dónde los islamistas egipcios se pueden considerar  parte civil, a efectos de dicha transferencia, habrá que considerar que el punto de vista norteamericano será atendido cuando concluya el proceso electoral egipcio.

Sin embargo, a corto plazo el asunto se volverá a replantear en los términos exigidos por el presidente Obama cuando hace un mes urgió a la junta militar egipcia que transfiriese al mundo civil el poder político en el más breve plazo posible. Resulta ahora que la dicha Junta pretende que una comisión venga a supervisar los trabajos del proceso constituyente del que han de encargarse, por legítimo y excluyente derecho, los parlamentarios que salgan de las elecciones constituyentes próximas. El conflicto está nuevamente servido, pues tal comisión no puede entenderse más que como un control supervisor del trabajo de los mandatarios elegidos por el pueblo egipcio.

Toda la razón tendrán quienes entonces en Egipto, como ahora en Túnez especialmente, claman y denuncian eso de que “nos han robado la revolución”.  Y lo hacen mientras los gestores provisionales del cambio de sistema derraman más sangre que en los tiempos últimos de llamada “dictadura de Mubarak. Tras de aquella primavera tunecina ha        llegado, además del desencanto, la conciencia de que se está cambiando de página; no sabiendo qué va a pasar en Siria y en el resto del mundo árabe. Un mundo movilizado para cambiar hacia delante, aunque lo esté haciendo, por lo que se ve, hacia atrás.