Incidente crítico en Teherán

Es el filibusterismo de la revolución islámica de los jomeinitas conforme sus protocolos, pero con un ajuste de escala si se lo compara con aquel de 1979 en que integrantes la misma grey política, los Guardianes de la Revolución, entre los que figuraba un joven exaltado más llamado Mahmud Ahmadineyad, actual jefe del Estado de la República Islámica de Irán, asaltaba la Embajada de Estados Unidos desencadenando una sucesión de efectos entre los cuales no fue la ruptura de relaciones el más significativo de todos, ni tampoco el fiasco de la operación militar norteamericana para el rescate de los rehenes que habían quedado en el interior del recinto diplomático, que costó la presidencia a J.Carter, sino los ocho años de guerra que Irán hubo de soportar con el Iraq de Sadam Hussein, alentado y armado desde Washington y financiado por las petro-monarquías del Golfo – que se sentían amenazadas por la “revolución islámica” del Imán Jomeini -, y que al cabo de la contienda aquella, en el ajuste de las cuentas por los gastos de la guerra, se enfrentaron con el régimen baasista de Bagdad, que invadió Kuwait, desencadenándose cinco meses después la primera invasión de Iraq bajo mando norteamericano, en la llamada “Tormenta del Desierto”.

Si el efecto de la ocupación de la embajada estadounidense en Teherán fue de onda tan larga, este del triple asalto a la embajada británica pudiera generar otra onda de longitud inescrutable por el cuadro internacional en que se produce, pues compone la primera respuesta iraní a las sucesivas vueltas de tuerca que se vienen aplicando a la República Islámica al propio compás de las informaciones de la AIEA (Agencia Internacional para la Energía Atómica), sobre las sostenidas progresiones persas en su enriquecimiento de uranio por medio de los muchos cientos de centrifugadoras de que dispone en sus instalaciones subterráneas; progresos que cabalgan a su vez sobre los avances en la perfección de sus vectores sobre los que instalar un día las cabezas nucleares, para lo que el régimen de Teherán dispone al parecer de la colaboración norcoreana, tal como apunta la eliminación de un especialista suyo a su regreso de Pyongyang, con escala en Damasco, donde pudo ser detectado por los servicios de Inteligencia israelíes.

Ante lo ocurrido ahora en el triple asalto a la Embajada británica en Teherán cabe hacer diversas observaciones. Es la primera la de que esta legación diplomática no es pieza separada del conjunto de naciones occidentales que llevan la voz cantante en la presión internacional contra la apuesta atómica en que se encuentra incursa la República Islámica; de suerte que la agresión, en réplica a los embargos británicos, repercute políticamente igual sobre el resto del comando diplomático occidental. Eso en lo que toca a los riesgos que han asumido los persas con esta violación flagrante del Derecho de Gentes.

No caben excusas por parte del régimen iraní en este orden de responsabilidades. Los tres asaltos en el mismo día los podía haber evitado el Gobierno sin ningún tipo de dificultades, puesto que el subsistema que los perpetró compone la élite del poder iraní. Sostener lo contrario sería tanto como negar que las SS hitlerianas fueron la crema del nazismo. Mientras que, de otra parte, el Parlamento de Teherán había previamente instado al Gobierno a que expulsara al embajador británico.

En cualquier caso, las medidas económicas aplicadas por el Reino Unido a la República Islámica, tienen, como el Gobierno de Teherán sostiene, naturaleza de guerra económica. Pero eso es lo que hay y habrá mientras no den el brazo a torcer con su proyecto atómico. Y todas las opciones, como Obama tiene dicho y repetido, están sobre la mesa. Las condiciones críticas se encuentran establecidas. Aunque mejor la terapia británica que la propuesta israelí.