Urnas, otra página del cambio egipcio

Nunca en el Egipto contemporáneo se habían dado unas elecciones como las iniciadas ayer, por su libertad de principio, por la complejidad del proceso (forzada por la enorme extensión del censo – 50 millones de votantes inscritos -, por el medio de centenar de partidos concurrentes sin contar las opciones unipersonales) y por la contundente simplicidad de las alternativas reales que se contraponen: islamistas de distinta configuración, entre los que prevalecen los Hermanos Musulmanes, y las formaciones laicas que se desglosan entre nacionalistas estrictos de discurso liberal y nacionalistas autoritarios que siguen sintonizados en lo que ha sido el Egipto del último largo medio siglo.

Estas magnitudes de fondo que concurren en lo que es otra página en el cambio de la revolución que se inició con la caída de los Gobiernos de Hosni Mubarak, y cuyo desenlace es imposible avizorar en otros términos que la victoria en las urnas de los Hermanos Musulmanes, son datos que trivializan el peso de las irregularidades detectadas en la primera jornada de ayer, tales como el reparto de propaganda con las urnas abiertas y dentro de los propios recintos electorales.

Esos mismos rangos de magnitud explican que un proceso electoral que se abre el 28 de noviembre lo haya sido sólo en El Cairo, Alejandría y Luxor, siguiendo en los demás ámbitos en los días siguientes; lo mismo que la elección de los diputados de la Cámara Baja se sustancien en unas fechas; y en otras distintas los componentes de la segunda Cámara. Y si la participación ha comenzado siendo alta, no se debe sólo al hecho de que el sufragio sea obligatorio, sino al contraste que ello ofrece con la demanda mayoritaria de los manifestantes en la plaza de Tahrir de que no fuera, tal como ha sido, la Junta Militar el poder que convocara estas dobles elecciones, que se prolongarán hasta el primero de enero y cuyos resultados conformarán la base parlamentaria del nuevo sistema. Un programa que deja atrás el nacionalismo autoritario y que el 17 del próximo mes de marzo debe poner en marcha el nuevo Parlamento, de funciones constituyentes.

Dentro de la caótica confusión y el marasmo que han presidido el comienzo de este cambio, son dos cosas que aparecen suficientemente claras. Es una la certeza, más que la simple probabilidad, de que los islamistas de la Fraternidad Musulmana se alcen con la victoria, lo que les dará también, más que como probabilidad, la certeza de su capacidad para diseñar de inmediato el futuro político de Egipto; descontados los márgenes de atemperación atribuibles al centrismo liberal y laico representado por las clases medias urbanas que sufraguen en apoyo de Mohamed Albaradei y otros fuerzas liberales, susceptibles de integrar una especie de colchón entre los islamistas y el poder residual de la Junta Militar todavía gobernante.

La otra evidencia práctica es que el proceso, en general, parece acomodarse a las exigencias formuladas por Washington de que la Junta entregue a la población civil el poder político “lo más pronto posible”. Pese a lo demorado del proceso, por razón de las causas dichas, al cambio de fondo en Egipto no cabe aplicarle más celeridad que la que cabe en este camino comenzado ayer.