USA se la juega en Egipto

En términos poco menos que perentorios, Estados Unidos ha instado a los militares egipcios a que entreguen el poder a los civiles, para que un Gobierno salido de éstos asuma la responsabilidad sobre el presente y el futuro del país. El hecho de que la nota por la que Washington deja de ser espectador de las críticas relaciones entre la mayoría de la calle y el poder militar, y se comprometa en una opción de ruptura con el poder militar egipcio – gobernante real en el país del Nilo desde el derrocamiento del rey Faruk – demanda dos tipos de consideraciones.

La primera corresponde a una análisis interno el problema, puesto que resultaba poco sostenible que Estados Unidos aceptara hasta ahora que siguieran en el poder los mismos que habían sostenido a Hosni Mubarak durante 30 años. De hecho, ello suponía  lo actual una continuidad estricta en el gobierno castrense del país entre la hora del derrocamiento de éste y los seis lustros que gobernó. Quiere ello decir que el único cambio real de la revolución democrática egipcia se había limitado solamente a la persona, Mubarak, mientras que el sistema político, militar, seguía siendo el mismo. Esa evidencia había alcanzado niveles de crispación – no sólo para los manifestantes de la plaza Tahrir sino para el propio Gobierno norteamericano – , cuando el poder militar llamaba en las últimas horas para que dirigiera la gobernación del país a un personaje que había sido primer ministro de Mubarak en la segunda mitad de los años 90.

Habrá que esperar muy poco para ver si, a la vista de lo declarado por Wahington, se mantiene o no el proceso electoral destinado a elegir el Parlamento. Habría de comenzar este lunes y seguir hasta el mes de enero. Algo que sobre el papel significaba el principio de la transferencia del poder desde los cuarteles a la calle. Pero ésta, la calle, es quien mayoritariamente se ha pronunciado, durante esta última semana, contra un principio de transición de estas características.

También desde una perspectiva interior del cambio egipcio hay que considerar qué cabe real y efectivamente en el ánimo norteamericano cuando conmina  al mando militar egipcio diciendo que ceda sus poderes “tan pronto como sea posible”. Dentro de esa expresión podría caber la posibilidad de que el referido proceso electoral comenzara desde las actuales condiciones de hecho, lo que sería lo menos probable; o que, por el contrario, se estuviera dando ya paso al cambio con la inmediata anulación de la  convocatoria electoral del lunes.

Si el rechazo de estas urnas estaban en el centro de las  expresiones populares mayoritarias, su efecto no sería otro que la desactivación de las protestas. Por otra parte, el “tan pronto como sea posible” cabría interpretarlo como muestra de voluntad americana de no romper más platos de los necesarios en sus relaciones con los militares egipcios.

Queda una segunda consideración, que no es de orden interno, del cambio político egipcio: la de que tampoco se puede disociar este cambio  – dentro del concierto general de la Liga Árabe – de los acontecimientos sirios ni del proceso yemení o del maquillaje constitucional y electoral de Maruecos. Me refiero a la valoración que puede merecer en los cálculos norteamericanos, el impacto de la crisis egipcia en el equilibrio geopolítico el Oriente Medio. Muy especialmente en lo que respecta a la República Islámica de Irán y sus  influencias y controles en el mundo de chiíes, especialmente en Iraq y Siria. Si el Islam del sunismo egipcio, representado por la mezquita cairota de Al Azhar y sus Imanes, alza la voz contra el régimen militar, ello define para Washington una baza con la que cortar el paso a los insidias progresos del islamismo chií de Teherán y Damasco.