Egipto, en la hora de la esfinge

El curso de los acontecimientos en Egipto, primordialmente por la violencia desencadenada en la capital desde el pasado viernes – con heridos que se cuentan por centenares y más de una treintena de muertes según estimaciones serias y fiables –se arremolina entre enigmas que vomita a borbotones la boca de la esfinge. El caso del fotógrafo español Guillem Valle que trabaja para el Wall Street Journal, apaleado y saqueado por la policía cairota – una de las fuerzas más gravemente implicadas en la orgía de represión que gira en torno a la Plaza Tahrir -, vale como botón de muestra del légamo de indecencia sobre el que se están deslizando los acontecimientos de la convulsa transición política en el más importante de los Estados árabes.

Posiblemente nunca más claro eso de que es infinitamente más fácil derrocar una tiranía que implantar un nuevo orden, sea éste justo o incluso más injusto que el derribado. Los Hermanos Musulmanes enemigos históricos del nacionalismo egipcio, y por extensión de todos los árabes nacionalistas, han devenido estas horas en poco menos que interlocutores preferentes del régimen militar, al que representaba el depuesto Hosni Mubarak.

Ello no obsta a que los propios militares – que ni siquiera se han dignado responder a la dimisión que les presentó el Gobierno de gestión encargado de preparar las elecciones parlamentarias que se habrán de celebrar este lunes -, se acaben de dirigir al mismo tiempo a Mohamed Al Baradei, director que fue de la Agencia Internacional de Energía Atómica, para que se encargue de la formación de un nuevo Gabinete. Pero a lo que se ve, tampoco al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas le merece este personaje mayor consideración, luego de haberlo querido enrolar en su poco afortunada gestión de la crisis.

Este egipcio notable, internacionalmente muy prestigioso, Mohamed Albaradei, por haber tenido el coraje de no aceptarle al presidente G.W.Bush la imputación a Sadam Hussein de que estaba en trance de disponer a corto plazo de la bomba atómica, se ha esfumado entre las referencias de actualidad. Conviene detenerse, no obstante, en que tal imputación o cargo contra el Iraq de Sadam Hussein no guarda similitud alguna, aunque parezca lo contrario, con el alegato que ahora se hace contra la República Islámica de Irán, puesto que estas acusaciones a los persas de tal riesgo internacional procede de la propia AEIA; no de los Administración de Obama, puesto que ésta, lo mismo que los más de los Gobiernos occidentales lo que hacen en estas horas es apoyarse en los numerosos y significativos indicios advertidos por la AEIA, dependiente de Naciones Unidas, a la que prestigia su independencia.

Hay otros actores en todo este confuso, revuelto y enigmático proceso en que se encuentran envueltos el presente y el futuro político de Egipto; en todos los aspectos, el más importante de los Estados árabes. Me refiero a quienes componen el grueso de lo que, con toda clase de reservas, puede llamarse el grueso de la sociedad civil, o quizá, más propiamente, el pueblo egipcio a secas.

Quizá el problema de fondo radique en el hecho de que en el mundo árabe, generalmente, no existen los Estados tal como los entendemos en el mundo occidental; sólo cristalizaciones de poder en torno a un vector preferente de fuerza. Cristalizaciones que en unos casos se hacen sobre referencias de naturaleza militar y en otros en torno a referencias de naturaleza religiosa. Conforme sean las circunstancias cursantes. La histórica tensión polar egipcia desde el momento de las sucesivas emancipaciones – del poder otomano y del Imperio Británico – entre el poder militar y el poder religioso nucleado por los Hermanos Musulmanes, es un dato actualmente convulsionado por el tsunami de la llamada primavera árabe. Tan convulsionado que plantea la interrogante de si la única manera de salir del actual marasmo no habrá de pasar por alguna suerte de pacto entre islamistas y militares. Eso sí sería una revolución de verdad y no lo disturbios de mayor cuantía cursantes ahora, como lo fueron cuando el derrocamiento de Mubarak. Dos momentos, esto y aquello, de la misma cosa. En todo caso, interrogantes propias de la hora de la esfinge.