Prusianismo monetario

Los comentarios admonitorios de la canciller alemana respecto al debate de la Comisión Europea en torno los eurobonos, por entender Angela Merkel que con ello se vuelve a la carga sobre algo ya discutido –y por ella misma sentenciado -, son comentarios que señalan un punto de inflexión en el desarrollo de la crisis por la que atraviesa el euro. Aunque no es sólo eso. La tensión dialéctica parece reflejar de manera más frontal y clara el fondo institucional del problema; es decir, el enfoque del debate más allá de los términos numéricos, encajándolos también en la institucionalidad y en el marco político donde se encajan los Estados de la Eurozona.

Cuando Durao Barroso, el presidente de la Comisión, afirma que “los eurobonos sólo serían factibles si se vinculan a una mayor disciplina presupuestaria”, no hace otra cosa que completar el planteamiento de los problemas monetarios que trajo en su día la creación del Euro sin haberse establecido previamente los supuestos constitucionales pertinentes. O sea, las condiciones que definen las correspondientes y específicas aportaciones de soberanía, como la Ley Presupuestaria y algunas otras cuestiones más.

La oposición de Merkel a los eurobonos – que corresponde en las actuales circunstancias al menos académico de los debates en curso – se podría definir como enunciado dialéctico resumido en dos posiciones: una, el cero actual que resumiría el asunto de marras, y otro, en el polo opuesto, el desmadre de los Estados incumplidores y poco serios, conforme el paradigma griego de conducta. Esto es, usando y abusando de tales recursos para resolver sus problemas de deuda soberana.

Frente a un esquematismo de este porte, la propuesta de la Comisión es la de escalonar la creación de los eurobonos, con un acceso gradual de disponibilidad de los mismos por parte de los Estados. Es decir, la opción de un gradualismo que permita acceder cuanto antes a los países miembros de la Eurozona– que es de lo que en el fondo se trata – a ese mecanismo complementario de respuesta a la crisis, mientras se establece en paralelo, aunque a distinto ritmo de progresión temporal, a los ajustes constitucionales dentro de los integrados en este sistema monetario.

La rigidez merkeliana, como cabe advertir, se contrapone a la flexibilidad propuesta por el presidente de la Comisión, en la propia medida que la lentitud inherente al uso de ese instrumento, de los eurobonos, para encarar más ágil y prontamente la crisis, agravaría ésta mucho más de lo que ya está. Es cuestión de rediseñar el juego de las contribuciones políticas al soporte soberano del Euro. Rediseño cuya plasmación completa, a través también de la modificación de alguno de los Tratados de la UE necesitaría de un tiempo del que no se dispone, tal como se encarga de recordar una vez y otra la Administración norteamericana.

No es ocasión pues de prusianismos ni de rigideces por parte de la canciller alemana respecto de los eurobonos. La negativa incondicional a la disponibilidad de estos recursos no conviene a Europa en general ni tampoco a Alemania en particular, puesto que las tribulaciones europeas a consecuencia de la crisis redundan en el proporcional deterioro de su propio euromercado. El Fondo Monetario Internacional no basta como instrumento añadido al Banco Central Europeo y al Fondo de Rescate Europeo. Los eurobonos podrían ser la herramienta complementaria para un plan a cortísimo plazo, capaz de cortar los vectores de contagio.