Desbordado el Nilo de la transición

Por lo que se deduce de los trágicos acontecimientos en el país, por El Cairo y las demás grandes urbes en la tierra de los faraones, la gran mayoría de los egipcios no se habían enterado aun que desde la caída de la monarquía de Faruk, tutelada desde Londres y maniobrada como un departamento colonial más del Imperio Británico, han venido siendo gobernados por un régimen militar, resuelto en Gobiernos cuyas cabezas eran asimismo militares, desde Naguib y Nasser, a Sadat y Mubarak.

No se habían enterado los miles y miles de manifestantes de la Plaza Tahrir en el primero de sus embates, cuando derribaron la autocracia de Hosni Mubarak, y han seguido sin enterarse después, cuando han pretendido marcarles el paso a los militares en la hoja de ruta de la transición a la democracia. O sea, darle la vuelta a la tortilla puesto que son los militares quienes se sienten llamados a tutelar la democracia que viene, en la que participe coralmente la sociedad civil.

Como ya van por encima de los treinta los muertos en los choques de los manifestantes con las fuerzas de orden y los propios militares (aparte de los matones que ofician de somatenes del sistema), y centenares los heridos en el curso de los disturbios, el Gobierno de civiles encargado de preparar las inminentes elecciones parlamentarias, desbordado literalmente por los acontecimientos, presentó su dimisión que le ha sido finalmente aceptada. Extremo que se ha sabido desde el punto y hora en que el Consejo Militar que oficia de autoridad última, ha ofrecido a Mohamed Al Baradei, el Nobel de la Paz que fue director de la Agencia Internacional de Energía Atómica, para que dirija un Gobierno nuevo.

Al Baradei ha aceptado condicionalmente, es decir, si se le dan unas garantías mínimas. Pero lo importante de esta figura, que ya bajó a la arena política cuando el derrocamiento de Mubarak, es que se trata de un prestigio internacional de representatividad laica, al margen de la formidable fuerza política que compone el salafismo, es decir el islamismo de los Hermanos Musulmanes, a los que el poder militar egipcio declaró la guerra en tiempos de Nasser, llevando a la ruptura temporal de relaciones con Arabia Saudí. Pero aquella declaración de hostilidades que les desplazó a la clandestinidad real y a la virtual inactividad política, tuvo su respuesta con el atentado que en 1981 costó la vida al presidente Anuar Sadat.

Los militares egipcios no quieren abandonar el control de la transición política, en este momento en que se van a celebrar las elecciones parlamentarias, desde la convicción y el conocimiento de que en tal caso serían los Hermanos Musulmanes quienes se alzarían con el santo y la limosna, reduciendo la democracia a la nada. Son la fuerza política más organizada de cuantas circulan en la sociedad egipcia.

La dialéctica ahora planteada en Egipto no es la de la sociedad civil contra el poder militar, sino la del régimen militar – que subsiste pese al derrocamiento de Mubarak – frente al orden islámico, el de la Sharia. O sea, el enfrentamiento real no es otro que el del Ejército con el Corán como base del sistema político. Al Baradei sería quizá una alternativa, para el corto y medio plazo, desde la que organizar la sociedad civil egipcia. Pero de momento el Nilo de la Transición baja desbordado.