Giro a la redonda en la política española

La prevista mayoría absoluta alcanzada por el Partido Popular establece la probabilidad y la casi absoluta certeza de un viraje a la redonda en los temas capitales de la política española, incluyendo en éstos como es natural y lógico la política económica, desde la absoluta prioridad otorgada al seguimiento de las condiciones de todo tipo que resultan necesarias para la creación de empleo. Tal era la propuesta y la oferta realizada a lo largo de la campaña, conforme no podía ser de otra manera, en la expectativa de que mercados y Gobiernos de nuestro mundo occidental reconozcan, además de la firmeza del propósito la capacidad nacional para llevarlo a cabo.

Es lo más significativo de esa voluntad de cambio radical en la política económica la convicción de que así será entendido desde el exterior. Y para que así resulte resulta la lógico de que en los inmediatos días comiencen los contactos con los principales interlocutores. Berlín y Washington, París y Londres resultan las referencias más nítidamente perfiladas. Y en lo referente a la Unión Europea, ahí está la cuestión mayor representada por la Cumbre del día 9 de diciembre, en la que se van a plantear los puntos que conforman la agenda sobre la reforma de los Tratados de la Unión. Reforma que lleve a la puesta a punto institucional ante las necesidades evidenciadas ahora con la desestabilización profunda de la Eurozona.

El Gobierno del Partido Popular va a ser partícipe, de tal forma, en el ajuste de las instituciones europeas a las exigencias de que el signo monetario europeo esté endosado de las aportaciones suficientes de soberanía por parte de sus componentes. Algo que se habrá de traducir, muy en primer término, con la compartida constitucionalización de los límites del gasto público. Asunto este que pone literalmente de los nervios a quienes están en el discurso socialista más radical, pues entienden estos planteamientos derivados de la responsabilidad monetaria compartida, como un inaceptable extravío de las políticas “neoliberales”…

Pero junto a las inferencias internacionales de la nueva política económica que se viene y que habrá de traducirse en una distinta percepción de los mercados sobre la deuda española, debe anotarse poco menos que un giro copernicano en nuestra diplomacia con el que fue amable vecino del sur hasta que el anterior Gobierno del Partido Popular esgrimió frente a Rabat puntos de vista divergentes de las apreciaciones del presidente Chirac. Origen todo ello del desencuentro de Estados Unidos y Gran Bretaña con la Francia del susodicho Chirac y la Alemania del canciller Schröder. Antepuso París entonces sus intereses con Marruecos, en el asunto de Perejil, a los intereses y la seguridad de España en el Estrecho. Siendo Washington quien salió valedor de nuestros legítimos puntos de vista, obteniendo a cambio el error español de apoyar a Estados Unidos en la disparatada invasión de Iraq.

Las relaciones con Marruecos han sido hasta ayer muy otras, por la irritante obsecuencia en que las envolvió la diplomacia de Zapatero. Habrá que reformularlas a fondo. Entre otras razones porque del Magreb dependen asuntos de interés preferente para las necesidades energéticas de España, tan urgida como está de reducir desde todos los puntos de vista, y a contra reloj, su aislamiento y su dependencia exterior en ello.