Esgrima de sombras sobre Siria

Desde que comenzara la ola de cambios en la llamada “primavera árabe” se ha establecido la imagen y articulado la evidencia de que se ha entrado en una suerte de serial cuyos capítulos no se sabe cuando acabarán. Ayer, sin previo aviso, como ocurrió con la reciente visita a Trípoli de la secretaria de Estado norteamericana, señora Clinton, el secretario general de la OTAN, Fogh Rasmussen, se presentó en la capital de Libia para excluir cualquier intervención militar en Siria.

La declaración de Rasmussen se produce 24 horas después de la advertencia formulada por el presidente Assad frente a la eventualidad de que en el mundo occidental se le pasara a nadie por la cabeza la idea de un cosa así, arguyendo Assad que el espacio sobre el que se asienta el régimen damasceno presenta tales características críticas que ello provocaría una reacción en cadena de conflictos regionales, equivalentes a varias guerras de Iraq o de Afganistán. Tiene poco de farol la cosa, de la misma manera que es perfectamente creíble lo manifestado por el secretario general de la OTAN, excluyendo cualquier intervención militar sobre el país de los sirios.

Tarea bastante la de la Alianza Atlántica con las labores de imaginaria y de estado de alerta que le esperan en Libia, aunque la ONU haya dado por concluido el mandato allí. Y lo haya hecho pese a la demanda, por parte de los vencedores en aquella guerra, de que efectivos militares atlánticos cooperaran en la tarea de limpiar el suelo libio de la gran cantidad de armas allí existentes, especialmente cohetes de uso individual, ante el riesgo de que puedan caer en manos de grupos terroristas, o de convertirse en mercancía destinada a los numerosos conflictos en que hierve el continente africano de una u otra manera; especialmente en la guerrilla terrorista de Uganda, o en el inextinguible conflicto de Somalia.

Pero es que en lo que corresponde a Libia, permanece pendiente una segunda fase del conflicto, que guardaría escasa semejanza con el capítulo principal, ya resuelto, de la lucha de una mayoría rebelde opuesta al régimen de Gadafi. A las siguientes páginas corresponde un escenario en el que concurren distintos antagonismos. Contra Gadafi las cosas estaban claras, o podría parecer que lo estaban; pero acabada, la guerra cambia la dinámica de las alianzas y los consensos tribales. Es ahora el momento de la afloración de los disensos políticos y las rivalidades entre tribus y clanes.

La caída del régimen gadafiano equivale a la fractura de la costra político-militar que oficiaba de Estado y mantenía inmovilizadas fuerzas contrapuestas entre sí. Debajo de esa estructura externa no existía un cuerpo social y nacional articulado, un esqueleto institucional interno como el que existe en las sociedades nacionales occidentales, dotadas de un Estado propiamente dicho. O como sucede de otra manera en comunidades arcaicas de África y Asia, con sus propias formas de vertebración y sin las tensiones que generan los odios y desavenencias de clanes y tribus, como resultado de los manejos que se practicaron, en África, los repartos y adjudicaciones a las potencias coloniales, como en el Conferencia de Berlín se hizo en la última parte del siglo XIX y luego volvió a hacerse en Oriente Próximo y norte de África, con el desmontaje del Imperio Otomano.

Esa problemática subyace en el presente de Libia, aunque también en la dialéctica de las minorías dentro de Siria. No parece, en fin, que las nuevas misiones de la OTAN incluyan el menester propio del guardia de la porra. Ni en Libia y menos aun en Siria. Al menos por ahora.