Doble cumbre para una crisis

Silvio Berlusconi consiguió “in extremis” el apoyo de Hugo Bossi, su socio de la Liga Norte, para retrasar la edad de jubilación de los 65 a los 67 años. De no haber sido así habría tenido que irse a casa con sus huestes, disolver las Cámaras y convocar elecciones anticipadas. Lo suyo hubiera sido una crisis en la crisis de Europa, y su problema, el de no haber podido cumplir la principal condición que le ha sido impuesta a Italia, por Alemania y Francia, para ser acreedora a las ayudas que precisa para salir del hoyo, y no entrar definitivamente en barrena, dado lo desmesurado del endeudamiento italiano.

Aun siendo el suyo dentro de la Eurozona una cuestión de alcance sistémico, como lo son todos los de las naciones asistidas de socorros (Grecia, Irlanda y Portugal), sólo representa una parte del conjunto de las cuestiones que se apiñan en el vértice de la doble cumbre europea. Trance en que hoy habrá de resolver sobre esa doble materia que en realidad es una sola. El Euro es una faceta y la crisis política de la Unión Europea es otra, pero el cuerpo del debate es uno sólo.

La del Gobierno de Berlusconi pertenecía a la crisis que supone el Euro en la unidad del proyecto europeo. La bronca de Sarkozy con Cameron ha sido la más nítida de todas las afloraciones del problema: del cepo y la contradicción en que se encuentra atrapado este proyecto. ¿Puede la Eurozona, en servicio a la coherencia del subsistema en que consiste, tomar decisiones que afectan al resto de los demás países que forman parte de la Unión Europea? Tal era la cuestión que planteaba el Premier británico, prefigurado como portavoz de quienes se encuentran al margen de la aventura monetaria del Euro; un portavoz que a su vez se enfrenta a la rebelión en el seno de su propio partido, el Conservador, en la que se pide un referéndum para salir de la Unión.

El divorcio de sensibilidades que se trasunta en esta cuestión, lo que revela, en la práctica, es una Europa de dos velocidades en el camino de la integración plena de los 27. Pero hay más. Cuado Cameron ha reconocido la inevitabilidad  de la integración económica y fiscal de la Eurozona, “aunque ello – ha precisado -no puede ser a costa del Reino Unido”, lo que hace es discurrir desde el distinto formato de la sensibilidad británica para la aventura de la integración europea. Algo, esta aventura, que ha evolucionado lo suyo desde el tiempo en que el Reino Unido se integró en lo que solamente era el Mercado Común.

Casi 40 años han pasado desde entonces. Una hoja de ruta formada por cinco Tratados, han traído desde 1973 hasta este punto en que nos encontramos. La creación del Euro como hito objetivamente federalizante, ha sido a la vez la condensación y la madre de todas las discontinuidades evolutivas que separan la Europa de ahora de la de aquel entonces de sólo el Mercado Común. Pero otra cosa es la pregunta de si el Reino Unido no entró en el Euro por su reticencia a la integración plena, sobre un arquetipo federal; o si rechaza la federación (europea) porque de ninguna de las maneras quiere renunciar a la esterlina. Lo que en el fondo puede entenderse como lo mismo, en cuanto que el signo monetario tiene una robustez parangonable a la de la bandera a la hora de significar la soberanía.

Acaso por todo eso, la crisis del Euro se materializa también como crisis de la UE. Ésta en su conjunto asincrónico, de dos velocidades, no logra por ahora digerir la mutción monetaria en este contexto de crisis global.