Comienza la transición en Libia

Gadafi cumplió su palabra de que no abandonaría Libia; tanto, que ni siquiera lo hizo de Sirte, su ciudad natal, donde ha permanecido hasta que los rebeldes la acaban de tomar. El hecho de que la conquista de Sirte haya comportado la muerte del dictador, facilita políticamente las cosas tras de la victoria final de los rebeldes; victoria que tampoco quiere decir que no sigan algunos combates dispersos a lo ancho del millón de kilómetros cuadrados sobre los que se asienta el Estado líbico.

Si hubiera sido apresado vivo habría traído complicaciones capaces de retardar el comienzo de la transición política, que el mando rebelde anunció que se iniciaría a partir del día de su victoria; aunque cumplir la delineada hoja de ruta hasta la edificación institucional del nuevo régimen, traerá problemas sin cuento. Es labor que se augura muy compleja, porque tanto en Libia como en Egipto están los islamistas, como también en Túnez, dispuestos a no perder comba. Quieren los islamistas, desde sus postulados coránicos integristas, prevalecer sobre las restantes fuerzas políticas involucradas en la guerra de liberación. Quieren imponer la Sharia o Ley Islámica. Algo incompatible por entero para cuantos parten de planteamientos seculares y civiles del poder político.

Otras consideraciones merece este sobrevenido desenlace de la guerra civil Libia. Aunque se esperaba para el corto plazo, no se preveía que fuera de forma tan súbita, especialmente por haber llegado acompañado de la muerte del dictador. Un personaje que ha sido la brotación más atípica y pintoresca habida en el nacionalismo árabe, instalado en el norte de África y el Oriente Próximo con la descolonización sobrevenida al término de la Segunda Guerra Mundial. En unos casos, de manera automática, y en otros impulsando las caídas de regímenes monárquicos como en Egipto, tras del derrocamiento del rey Faruk por el General Naguib, y en la propia Libia, donde el coronel acabó con la monarquía del rey Idris.

Más allá de su encaje en el género de los dirigentes nacionalistas árabes, Gadafi, que se inspiró principalmente en el presidente Nasser en sus primeros tiempos de poder en Trípoli, apostó a partir de un primer momento, acaso por sus vinculaciones estratégicas con la Unión Soviética, por la utilización de los movimientos terroristas durante el tiempo de la Guerra Fría. En esa etapa promovió los grupos terroristas en los distintos escenarios internacionales en los que éstos operaban. Una tarea que completó con directas acciones de terrorismo de Estado que llevaron desde la voladura de aviones comerciales norteamericanos y franceses hasta atentados en Alemania contra soldados norteamericanos, de los que se derivó la represalia con un bombardeo de Trípoli durante la presidencia de Ronald Reagan.

Pasado el tiempo, dio la vuelta a esta actividad terrorista para enrolarse en la apertura y la alianza con las potencias de Occidente, incluida Norteamérica; especialmente a partir del momento en que entregó a Washington los planos enteros de su programa de investigaciones y adquisiciones para fabricar su propio arsenal nuclear. Pero lo que nunca entró en sus cálculos y pragmáticas previsiones gadafianas fue la posibilidad de que en la última primavera se produjera en la vecina Túnez la revolución del jazmín, que contagió a los egipcios y acabó con sus 40 años de tiranía.