Implosión indigenista en Bolivia

Claro estuvo desde el primer momento que la cosa no se iba a quedar en la dimisión de la titular de Defensa del Gobierno de Evo Morales, pues dada la magnitud del suceso en términos cualitativos más aun que los cuantitativos – compendiados unos y otros en el asalto al campamento de los indo-amazónicos bolivianos, cuando éstos se disponían a preparaban a tomar la cena -, el problema suponía la más grave cuestión que se le podía plantear al sistema político indigenista construido de cinco años a esta parte en Bolivia.

Dicho en pocas palabras, el suceso es de magnitud ruinosa para el género de régimen modelado por Morales conforme el recetario del castro-comunismo y las asistencias retóricas del enfermo caudillo de Barinas, Hugo Chávez, recién hospitalizado de urgencia por severas disfunciones renales, según informaba ayer el “Miami Herald” desde Florida y desmentían después las fuentes oficiales de Caracas.

Es como si los males de la más diversa naturaleza vinieran a concitarse en tropel sobre el proyecto bolivariano de Hugo Chávez, a cuya sombra se gestó el revolucionario cambio indigenista en Bolivia. Tan grave es lo sucedido con el asalto policial al campamento de los manifestantes contra la construcción de la pista amazónica, que a estas alturas de los acontecimientos todavía no se ha podido saber quien o quienes ordenaron el asalto, ni cuál es el formato de la cadena de responsabilidades involucradas en lo que podría traer el principio del fin del régimen indigenista que Evo Morales ha querido construir a imagen y semejanza de sus ideales de leninismo étnico. Concebido a la medida de su ignorancia de las cosas; primordialmente, en lo que corresponde a los intereses y derechos de los indígenas bolivianos. Tan distintos y a veces tan distantes e incluso antagónicos, según sean los de las gentes serranas o que estos otros de las etnias amazónicas.

Hay quienes se inclinan a explicar el origen de lo sucedido atribuyéndolo al carácter colérico del presidente, al recordar cómo, meses atrás, en el curso de un festivo partido de fútbol, de aficionados, Morales, que se alineaba con uno de los conjuntos contendientes se lió a patadas contra uno de los adversarios. A ese género de descontrol colérico cabría atribuir, según tal precedente, la decisión desencadenante de la crisis política nacional que ahora vive Bolivia, convertida en todo un grito de protesta contra el Gobierno del Aimara.

De poco le habrá de servir ese pedir perdón por la represión policial de la protesta indígena contra la construcción de la carretera a través del Amazonas, proyecto que se encuentra suspendido aunque no desistido. Pero que en todo caso responde, cabría pensar, a un interés nacional boliviano de primera magnitud, ya que contribuiría a paliar en medida acaso muy notable las limitaciones que supone para Bolivia su falta de salida al mar, por la sabida razón de su derrota en la guerra contra Chile a fines del siglo pasado.

Habría que ver, entre tanto, si no sería menos desventajoso desde todos los puntos de vista, negociar seriamente con Chile el establecimiento de un acuerdo de paso a través de lo que ahora es espacio soberano de este último país. Pero estribarse en la carretera amazónica para no ahorrarse antipatías con el Gobierno de Santiago, alentando a los ecologistas chilenos contra el gran proyecto hidroeléctrico de la Patagonia – acaso para propiciar el paso al sur de sus propios hidrocarburos – ha sido, paradójicamente, la opción elegida por el suicida régimen de La Paz.