Obama no da una

No es como para pensar que esté de los nervios, pero casi. Hilary Clinton ha tenido que salir al paso con su nueva imagen (¿en qué estarán pensando sus asesores?) hablando de cuestiones económicas y financieras, para quitarle hierro a la impertinencia presidencial de que la “eurozona está asustando al mundo”. Tan profusamente replicada desde por aquí, especialmente por Jean Claude Juncker, presidente del Eurogrupo, diciendo que no aceptará “las lecciones dadas del otro lado del Atlántico sobre el origen de la situación en que nos encontramos”. La señora Clinton, como no podía hacer de otra manera, ha venido a decir que ninguna de las partes, ni la europea ni la americana, puede al respecto tirar la primera piedra.

Habría que reparar en el hecho de que no son homologables las bases institucionales ni las constitucionales de Estados Unidos y el Eurogrupo, en lo tocante al menos a la velocidad de respuesta disponible para los problemas monetarios y financieros. El drama parlamentario de este verano sobre la elevación de la deuda pública estadounidense, discurrió por cauce institucional de sólo una referencia soberana. La de EEUU. Mientras que en el caso de la Eurozona la referencia de soberanía es plural, puesto que han de votar cada uno de los Parlamentos de la Eurozona.

Detrás de las peripecias del dólar, en lo que se refiere a qué haga con él la Administración de Washington, sólo de la soberanía de Washington depende Pero no ocurre lo mismo con el euro, que a los efectos considerados resulta y procede, cabría decir, de un pacto puntual de soberanías.

Esa estructural diversidad de competencias nacionales concertadas sobre la que se hizo el euro; esa base de compromisos que es de perfil federal en lo estrictamente monetario, y de diseño confederal en lo que se refiere a lo fiscal, puesto que cada cual hace todavía de su capa un sayo mientras no se alcance unánime constitucionalización entre los socios de su estabilidad presupuestaria; es decir de las equiparaciones del nivel porcentual del déficit en cada uno de sus componentes, todo eso, compone una configuración sistémica en la médula política y económica del euro. Algo que nada tiene que ver con el tuétano imperial que trasunta el Billete Verde; especialmente desde agosto de 1971 en que el presidente Nixon concluyó la desmonetización del oro.

Pocas veces las comparaciones han sido tan odiosas como la implícitamente contenida en las palabras de Obama, precisamente ahora en que parecen haberse alcanzado las condiciones suficientes, desde el consenso alcanzado por la Troika para que se puedan librar los seis mil millones de euros que permitan levantar la cabeza a Grecia, posiblemente más allá de sólo el corto plazo. Algo que a su vez ha permitido a los Bolsas levantar el vuelo en varias jornadas sucesivas, cambiando así la vacilante tendencia de las últimas semanas.

Tampoco ha hecho diana el presidente Obama, en su apuesta mediadora entre Abbas y Netanyahu sobre la cuestión del Estado palestino. El golpe de naipe jugado por el Gobierno de Israel autorizando la construcción de 1.100 nuevas viviendas en Jerusalén Este es bastante para que las negociaciones sobre el Estado Palestino tampoco se reanuden con éxito en el marco del Consejo de Seguridad y bajo la tutela de los Cuatro. Predicar es una cosa y otra dar trigo. Y una tercera, no dar una en el clavo.