Evo se pasó demasiado

Dentro de la más palmaria irresponsabilidad, el cursante presidente de Bolivia había ordenado en su selva amazónica una carga policial, sostenida e indiscriminadamente represiva, contra los indígenas que marchaban en son de protesta contra la construcción de la autopista interoceánica que unirá, de costa a costa, Brasil, la propia Bolivia y Perú. Lo hecho suponía tanto como un atentado contra el ADN de su discurso programático y de propia legitimidad política; o, dicho de otra manera, como disparar contra sus propios pies. Un bebé muerto, heridos y numerosos deslocalizados, tras de su detención y traslado, componen el balance de un episodio que ha forzado a Morales a suspender el proyecto de colaboración boliviana en ese proyecto tripartito (Brasil, Bolivia y Perú) de gran infraestructura viaria a través del espacio amazónico.

Son obligadas dos clases de consideraciones que afectan a este espeso y primario personaje. De un lado hay que reparar en la reclamación jurídica de la protesta de los indígenas, que es de base constitucional, puesto que la legalidad suprema, salida de la mano de este presidente del jersey, estableció la naturaleza intocable a tales efectos, inviolable, de ese ámbito amazónico.

De otro lado, resulta de interés más que relevante el hecho de que nuestro personaje ostenta la presidencia de las seis federaciones bolivianas de productores de coca, actividad a la que está ligada biográficamente, puesto que en el pasado ya estuvo involucrado en ella como dirigente sindicalista. Y este asunto del cultivo de coca se encuentra al mismo tiempo en la base de la oposición indígena a la construcción de la carretera en disputa.

La sospecha de que en el origen de este grave problema para el actual régimen chavista boliviano; la suspicacia de que el interés primario de Morales en este proyecto amazónico estribe menos en el proyecto mismo que en las condiciones que aportaría para la introducción del cultivo de la coca en sus entornos, tal como los indígenas han insistido en señalar con sus denuncias, aletea como una sombra inquietante.

No se trataría sólo, pues, de la violación de un espacio natural constitucionalmente protegido, sino al propio tiempo, también, de la expansión de una actividad digamos que agrícola ligada en su base y en su destino a la estructura criminal de la cocaína y sus enlaces con el tinglado hemisférico y atlántico del narcotráfico. Todo ello, como bien sabido resulta, es dato indisociable del soporte financiero del terrorismo y el guerrillerismo, tanto en América del Sur, con las Farc colombianas y en el renacido Sendero Luminoso, dentro de Perú, como en el ámbito asiático de Afganistán y sus entornos, con Al Qaeda y especies asociadas dentro del yihadismo.

Pero a lo que íbamos, Evo Morales, este monago del tardocastrismo iberoamericano, ha cometido con este inconcebible atropello de sus propias gentes indígenas, el más grave de los muchos errores y torpezas que jalonan su paso por la presidencia de Bolivia, en tanto que mascarón de proa del indigenismo revolucionario diseñado por La Habana como relevo histórico del proletariado, y asimismo como asistente en funciones del caudillo bolivariano de Barinas. No le bastó con seguir a éste en su ruinosa política energética de enfrentamiento sistémico con las multinacionales, que se ha traducido en caída de los rendimientos, sino que, además la emprendió contra los suyos por la selva amazónica. En esto se pasó Evo demasiado. Veremos las consecuencias. Lo de menos puede ser la dimisión de la titular de Defensa.